Sin imagen

Pasados treinta años desde los Juegos Olímpicos, y veinte desde la implantación del 22@, la transformación del viejo Poblenou industrial en un área donde se combinan viviendas, oficinas y servicios varios prosigue a buen ritmo. Es allí donde ahora más se construye en Barcelona. Y, por lo general, pasada ya la época de los edificios de firma, con la torre Agbar de Jean Nouvel en un extremo y el edificio Forum de Herzog y De Meuron en el otro, lo que se construye más a menudo son torres con muro cortina, previsibles y más o menos adocenadas.
Es verdad que junto a esos edificios de nueva planta se han conservado algunas antiguas edificaciones fabriles de aire manchesteriano, actualmente destinadas a nuevos usos. Autores como Jordi Garcés o Fermín Vázquez se han distinguido en ese tipo de trabajos. También Jordi Badia, que en Can Framis dio una muestra de arrojo, con felices resultados, al combinar viejas naves con elementos contemporáneos. Ahora BAAS, su estudio, ha ido algo más lejos al responder al encargo de un bloque de oficinas de nueva planta con un lenguaje que recupera el de los edificios de ladrillo que dieron carácter al Poblenou industrial.
Esta torre es, en efecto, un sólido edificio de ladrillo ensamblado con mortero de cal, de cierta monumentalidad y sin embargo bastante transparente, con una composición de ecos clásicos, un juego de escalas en fachada, un área con soportales en planta baja y un retranqueo en las superiores que aligera su volumen y saca mayor partido de la insolación. Es, por tanto, un edificio cuyo material dominante le confiere sabor de barrio, que renueva la tipología fabril y la adapta a nuevas funciones, respondiendo a las actuales exigencias medioambientales: el ritmo de ventanales con altura de planta, los balcones y las terrazas facilitan la ventilación de los espacios laborales y la interacción interior-exterior.
A Jordi Badia le gusta subrayar que el precio de esta fachada de ladrillo es más barato que el de una de vidrio. Y, también, mostrar los espacios traseros, donde se levanta un volumen complementario y se crean exteriores rodeados de arquitectura, a la manera del proyecto de los Smithson para The Economist. Todo ello sobre un aparcamiento abierto en el que ya se han reservado más plazas para bicicletas (145) que para coches (88). Los tiempos cambian, y con ellos sus exigencias. Pero eso no significa, y este edificio lo prueba, que los materiales característicos de otras épocas no puedan ser recuperados y dar un buen resultado.

(Publicado en "La Vanguardia" el 17 de julio de 2022)

Foto de Àlex Clarà