Maduro está maduro

17.03.2013 | Opinión

Durante la larga y secreta agonía de Hugo Chávez, el músico salsero Willie Colón escribió un tuit que indignó al chavismo. Se refería al comandante y a su sucesor Nicolás Maduro, y decía así: “Dios bendiga a Venezuela, que tiene ahora dos presidentes… uno maduro y otro podrido”. Ciertamente, este tuit no era un ejemplo de estima hacia los próceres del régimen venezolano, uno de ellos sometido además en Cuba a encarnizamiento médico. Pero de ahí a decir que el tuit de Colón era inexacto hay un trecho. La historia le ha dado la razón.

Salvo el chavismo, que ocultó siempre la grave enfermedad de su líder, y mintió más de una vez al declararlo curado, muchos intuíamos que el comandante se precipitaba hacia la podredumbre y la posterior descomposición; que quizás lograría morir, según fuentes oficiales, con buena salud; pero que de hecho palmaría, más pronto que tarde, con las entrañas corroídas por el cáncer. Y así fue.

Respecto a que su sucesor Nicolás Maduro estaba maduro para el cargo quedan ya pocas dudas. En este caso no cabría hablar de madurez como sinónimo de sensatez adulta, o de fruto en sazón que nos dice “cómeme”. Estaríamos hablando, por el contrario, de esa madurez sobada, maculada, propia de la fruta que se retira del supermercado porque, más que atraer al comprador, ya lo ahuyenta. A no ser, claro, que tenga hambre pese a vivir en un país rico en petróleo.

Digo que Maduro está maduro, o sea, un punto averiado, tras escucharle dos alocuciones de retórica inflamada y cargante. La primera, ante su plana mayor, en horas previas al anuncio de la muerte de Chávez; aunque pudiera ser que, para entonces, el comandante estuviera ya en manos de los tanatólogos que debían hacer de él una hermosa momia (algo que ahora parece descartado, porque las cosas se hicieron mal y se confirma que nada detendrá la podredumbre de los restos). La segunda la pronunció durante el regio funeral de Estado, en el que se hizo formar a todo quisque: desde Gustavo Dudamel al frente de la Orquesta de Venezuela, hasta jefes de estado en funciones de guardias de honor del cadáver.

En ambas ocasiones, Maduro evacuó discursos campanudos, rancios, lisonjeros hasta la náusea, en los que el difunto fue retratado una y otra vez como un ser puro, gigantesco, humanista, supremo, eterno, etcétera. Y en los que tanta hipérbole no lograba ocultar el propósito de Maduro: mimetizarse con el comandante y captar para sí el apoyo de los desheredados que Chávez sedujo a base de paternalismo, subsidios y populismo televisivo. Resumiendo, dos discursos con mucha escenografía y más coba, propios del esforzado alumno de Chávez -y aspirante a ocupar su poltrona- que es Maduro.

Empecé con Willie Colón y acabo con él; con su tema “La chica plástica”, que nos dice: “No te dejes confundir/ ¿Buscas el fondo y su razón ? / Recuerda que se ven las caras / Pero nunca el corazón”.

 

 

 

Chávez sedujo a

los desheredados con paternalismo, subvenciones y populismo televisivo