Mañana arranca en Melbourne el Open de Australia, con final prevista para el día 30. Las vísperas de este primer gran torneo tenístico de la temporada están amenizadas por el culebrón Djokovic. Es decir, la retención del tenista serbio, mientras la justicia australiana decide si puede entrar –o no– en el país y jugar el Open, pese a haber decidido no vacunarse contra la covid. Esa retención, que acabó el lunes pero volvió a  activarse el viernes, ha avivado el sentir pa­triótico serbio, de luctuoso recuerdo, expresado esta vez con agitación de banderas nacionales presididas por el águila bicéfala o la cara del deportista. Cuando el lunes el juez decidió revocar la retirada de la visa, los fami­liares de Djokovic calificaron este fallo­ como su “mayor vic­toria”, entonaron cantos patrió­ticos ante las preguntas incómodas de la prensa, y la mamá del astro afirmó que se lo habían torturado, como si saliera de Guan­tánamo. 
El patriotismo es una cualidad que puede llevar al patrioterismo, que ya no lo es. Y puede relacionarse con otras cualidades que tampoco lo son. En el caso Djokovic se ha asociado a los antivacunas, que insolidariamente rechazan la inoculación, pese a proteger su salud y la colectiva. De paso, se ha asociado con la incoherencia que supone para Australia haber aplicado a sus súbditos restricciones –Melbourne se confinó durante 265 días– y abrir ahora la puerta al notorio negacionista. Los serbios que estos días se han presentado como patriotas quizás no lo sean tanto. Los patriotas deberían ser otra cosa.
Al hablar de patriotas vienen a la memoria las legislativas de Hong Kong del 19 de diciembre. Fueron las primeras convocadas bajo la nueva legislación china, que las reservó “solo a patriotas”: a candidatos que contaran con la bendición del poder chino, lo que excluía a los candidatos prodemocracia que aún no estaban en prisión o ya estaban encarcelados. ¿A qué se reducen la democracia, las elecciones y el patriotismo cuando un régimen convoca elecciones y excluye a los discrepantes? Pues a una farsa –la participación cayó al 30%, la mitad que en el 2016–; y el patriotismo, a un abuso indignante. Quienes en Hong Kong se presentaron en diciembre como patriotas solo eran esbirros del poder. Los patriotas deberían ser otra cosa.
En Catalunya, donde los miembros del Govern se ufanan de ser muy patriotas, hemos asistido estas últimas semanas a un terremoto –mejor dicho, a una voladura– en la cúpula de los Mossos, empezando por la destitución de su principal responsable, el mayor Trapero. El mismo –debe de ser una casualidad– que, acreditando profesionalidad e independencia política, declaró en el juicio del procés que tenía un plan para detener a todo el Govern si hubiera recibido una orden judicial. También hemos asistido a la destitución de Toni Rodríguez, otro profesional independiente, como jefe de la comisaría general de investigación criminal; es decir, el encargado de sustanciar las investigaciones sobre presuntos casos de corrupción que afectan a altos cargos de la Generalitat y al entorno de partidos independentistas. La versión oficial ha atribuido estos relevos al deseo de lograr una policía “más social, cercana, joven, feminizada e innovadora”, para así hacer frente “a los nuevos retos de seguridad”. Loable intención, desde luego. Y muy patriótica, sin duda. Pero también sospechosa de querer obstaculizar, desde el Govern, la depuración de prácticas inadmisibles. Bien está encarar “nuevos retos”. Pero mejor sería resolver los viejos. Porque los patriotas de veras no se asocian a la corrupción ni la ocultan ni la dejan impune. Los patriotas deberían ser otra cosa.
Se cita con frecuencia –y poco provecho– la frase dicha en 1775 por Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio de un canalla”, que le inspiró William Pitt, pero era aplicable a muchos más, incluido Boris Johnson, actual ocupante de la poltrona de Pitt. Se cita menos, y quizás es más explícito, este fragmento de su ensayo The patriot (1774): “Es un patriota aquel (...) que en su vida parlamentaria [habla de polí­ticos] no actúa por ambición propia ni con miedo; ni con favoritismos ni resentimiento, porque solo persigue el bien común”.
Los patriotas deberían ser, en efecto, otra cosa: servidores del bien común.

(Publicado en "La Vanguardia" el 16 de enero de 2022)