Tuve ocasión de seguir la noche electoral andaluza, hace dos semanas, y de escuchar las valoraciones del resultado que hicieron los candidatos. Me pareció que Juan Manuel Moreno Bonilla, el vencedor, estaba exultante y muy agradecido a los andaluces. Que Juan Espadas, el derrotado candidato socialista, se mostró sobrio y responsable, recurriendo al socorrido (pero veraz) “lo importante no es caer sino saber levantarse”. Que la ultraderechista Macarena Olona estuvo patriotera y desafiante (con una mirada que parecía decir “me he quedado con tu cara”), pero no generó confianza, porque trató de disimular su contrariedad al ver que Vox no iba a ser decisivo. Y me pareció que Juan Marín, de Ciudadanos, transmitió dignidad y verdad, al apresurarse a dimitir tras el mal resultado y llorar, presa de la emoción, ante los medios de comunicación.
Los partidos políticos son asociaciones de personas que deben anteponer la defensa de unos ideales colectivos a su propio interés. Por eso son tan importantes los líderes. Porque encarnan los valores del partido y representan así a la militancia. Sus aciertos la elevan, al tiempo que ganan adeptos y fuerza para la causa. Sus errores hunden a los militantes como si los hubieran cometido ellos mismos.
Todas las reacciones de la noche electoral andaluza fueron, pues, elocuentes, ya expresaran alegría, digna decepción, doblez o sinceridad. Pero la de Juan Marín fue de lejos la más dramática. Y con motivo. No todas las noches se pasa de 21 a cero escaños. Aunque a Ciudadanos eso no le sorprende. Ya cayó en el Parlamento catalán de 36 a 6 (febrero del 2021); en la Comunidad de Madrid, de 26 a cero (mayo del 2021); en Castilla y León, de 13 a 1 (en febrero del 2022). No me gustaría estar ahora en la piel de Inés Arrimadas, la presidenta naranja, al frente de un partido aún vivo, pero con constantes vitales tipo difunto.
Ciudadanos nació con el propósito de renovar la política española. Empezando por su nombre, que ya no se asociaba a una orientación política (conservador, socialista, comunista…), sino a algo más amplio. Sus miembros no iban a ser personas cabales por el mero hecho de abrazar una fe política –“la historia nos dará la razón”, proclamaban los comunistas de mi juventud, como si fueran videntes a lo Rappel–, sino porque aspiraban a ser ciudadanos, con todo lo que ese término comporta de libertad, responsabilidad y valores cívicos.
Aunque una cosa es la teoría y otra la práctica, claro. Porque también en Ciudadanos las decisiones personales han tenido peso decisivo. Por ejemplo, la de sus padres fundadores, un grupo de intelectuales que concibieron el partido y, tras verlo nacer, se lo entregaron a un ama de cría. O, por ejemplo, la de esa ama de cría, Albert Rivera, gran promesa de la oratoria universitaria, pero un alevín de político que en la hora clave de su carrera, cuando parecía tenerlo todo a su alcance, erró el rumbo y embarrancó un partido que navegaba con viento de popa. O, por ejemplo, la de su sucesora, Inés Arrimadas, bajo cuya guía la catástrofe se ha agravado, pese a lo cual afirmó el pasado lunes que seguía en el cargo dispuesta a la tarea de refundar el partido, de improbable éxito. O, por ejemplo, la del andaluz Juan Marín, tan realista y distinta de las anteriores.
Ciudadanos actuó desde el inicio a la contra. Primero, contra la hegemonía del nacionalismo catalán. Luego, contra la hegemonía del PP en la derecha, postulándose como su alternativa, algo que casi logró. Pero falló cuando tuvo que acreditar con méritos propios su condición de recambio. Ahora es como esas promesas deportivas que despuntan muy jóvenes, alimentan grandes esperanzas y luego malogran su potencial y se van perdiendo en el olvido.
En esa situación está hoy Ciudadanos. Y es de nuevo una persona, en este caso Inés Arrimadas, la que ha tomado una decisión que determinará la suerte del colectivo. Visto con frialdad, la disyuntiva estaba clara. En lo personal, para Arrimadas se trataba de ceder el mando o de seguir al frente de la nave. El lunes optó por lo segundo. En lo colectivo, de aplicarle la eutanasia a un partido cuyos estertores son ya ruidosos, o tratar de reanimarlo, arriesgándose a que la operación de salvamento fracase y acabe siendo un caso de encarnizamiento terapéutico.

(Publicado en "La Vanguardia" el 3 de julio de 2022)