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Los jardines colgantes de Sants

26.08.2016 | Crítica de arquitectura

Los jardines colgantes de Sants
Jardines de la Rambla de Sants
Arquitecto: Sergi Godia
Ubicación: Barcelona. Calle Antonio de Capmany

Ahí donde antes tenía una brecha, Sants tiene ahora una columna vertebral. Ahí donde el barrio era partido en dos por las vías, luce ahora un parque urbano sobre el cajón que las oculta. Lo que antes era una cinta de ciudad impracticable (salvo para los convoyes ferroviarios) es hoy un lugar para el paseo, el encuentro y el ocio. Basta con situarse en el límite de estos Jardins de la Rambla de Sants, a la altura de la calle Riera Blanca, mirar la desangelada playa de vías que conducen a l’Hospitalet y, luego, echar la vista atrás, hacia la flamante obra, para apreciar su pertinencia.
Este es el balance esencial de unos trabajos públicos que han sido largos (una docena de años) y controvertidos. Que nacieron con el pecado original de ser la segunda mejor solución. La primera –y más costosa– hubiera sido soterrar las vías. La segunda solución quizás no sea, pues, la idónea. Pero sin duda es mejor haber diseñado y construido este parque que dejar el cajón de hormigón tal cual. Como fue mejor edificar el cajón que dejar las vías a cielo abierto.
Los Jardins de la Rambla de Sants han sido comparados con el High Line neoyorquino. Lo que en la ciudad norteamericana es una obra de reciclaje –la conversión de una antigua ferrovía elevada en parque público– es aquí una doble obra de nueva planta: primero el cajón que envuelve las vías procedentes de la estación de Sants, de geometría continua y práctica, y después, y recién inaugurado, el jardín que les da un renovado uso ciudadano.
Esa es una diferencia, y no la única. La obra de Sants es de mayor anchura que la neoyorquina, y además se expande por sus accesos laterales, ahí donde la trama urbana lo permite, formando unos taludes que vienen a ser sus anclajes en la ciudad. Los usuarios disponen, pues, de un paseo más holgado, incluso con más de un ambiente, aunque su longitud actual –unos 700 metros– sea inferior a la de la High Line –entre dos y tres kilómetros–. Es un paseo que contribuye además a urbanizar su entorno, junto a las escaleras y ascensores de acceso, o mediante algún incipiente jardín vertical, a cargo de Paisaje Urbano, en las fachadas colindantes.
También son distintas las resoluciones formales. El repertorio ambiental y material de la High Line se basa en los vestigios de la vieja línea y en la vegetación, y es mucho más contenido que el del Jardins de la Rambla de Sants. Las intervenciones verdes son aquí, en su mayoría, afortunadas. Pero en el capítulo de mobiliario urbano y de combinación de materiales los resultados se acercan al batiburrillo. Hay pavimentos varios, ladrillos cerámicos azules, grandes lámparas de vidrio verdoso a veces integradas en duras marquesinas metálicas, umbráculos con montantes muy robustos, celosías con trepadoras y barandillas con estructura de acero oxidado y pasamanos niquelado. No afirmaré que alguno de estos elementos sea innecesario, pero su combinación dista de la armonía.
Dicho lo cual, vuelvo al punto de partida. En un área que en su día creció de modo anárquico, sin continuidad en la línea de fachadas ni en la de cornisas, junto a unas vías con ecos marginales, esta obra constituye una clara mejora urbana. No lo verán así aquellos vecinos cuyos balcones han quedado expuestos a dos metros del jardín elevado. Ni, por supuesto, los ocupantes de Can Vies, cuya permanencia allí parece tener para el Ayuntamiento prioridad sobre la compleción de la obra. Pero, en cuanto la conozcan, la mayoría de los barceloneses le darán la bienvenida. Ahora sólo queda desear que sus usuarios la respeten y sus impulsores la mantengan.
 (Publicado en “La Vanguardia” el 26 de agosto de 2016)