A toro pasado es muy fácil decirlo pero, aún así, lo diré: Susana Díaz nunca tuvo grandes posibilidades de ganar las primarias del PSOE. Entre otras razones, porque este no era ya su tiempo. Porque el apoyo de la vieja guardia y sus terminales mediáticas fue casi obsceno y, a la postre, contraproducente. Porque su tono supuestamente didáctico sólo valía para párvulos o subsidiados. Y porque en lugar de empatía generaba, más allá de sus primeros círculos orgánicos, una reacción de rechazo inequívoco. Cuestión de piel, quizás.

Tampoco Patxi López, con un mensaje más de unidad que de novedad ideológica, tuvo grandes expectativas. La concordia es un concepto muy hermoso. Pero cuando la coyuntura viene marcada por el enfrentamiento cainita, lo más que suelen cosechar los que asumen funciones arbitrales es algún tortazo perdido en la refriega. En cambio, Pedro Sánchez propuso un giro a la izquierda que sintonizaba tanto con los militantes socialistas fatigados por las componendas a las que se ha prestado su partido como con las jóvenes generaciones que se sienten dejadas de la mano del PSOE y del sistema y, encima, padecen en sus propias carnes algunas consecuencias de dichas componendas.

Ahora bien, la victoria en las primarias socialistas no convierte automáticamente a Sánchez en un candidato ganador en unas elecciones generales. Lo ocurrido en países vecinos más bien sugeriría lo contrario. En el Reino Unido, Jeremy Corbyn se hizo con el liderazgo del Partido Laborista en septiembre del 2015, enarbolando las banderas de su ala izquierda. Desde entonces, los sondeos le han sido adversos –los conservadores han llegado a sacarle unos veinte puntos de ventaja–, al tiempo que se imponía la idea de que su mensaje extremoso jamás le permitiría convertirse en primer ministro. En el Partido Socialista francés pasó algo similar. En las primarias, Benoît Hamon desbancó con su propuesta izquierdista a los pesos pesados de su formación, incluido el ex primer ministro Manuel Valls. Pero en la primera vuelta de las presidenciales quedó en quinta posición, con un menesteroso 6% de los votos, sirviéndole al PS un resultado catastrófico y apeándole de la decisiva segunda vuelta.

Es un hecho: últimamente, las victorias internas de las alas izquierdas socialistas no suelen verse refrendadas por el electorado de las generales. Acaso porque la irrupción de los populismos lo ha puesto en guardia ante los grandes bandazos, al tiempo que trastocaba el guión del bipartidismo. En Grecia, en Holanda, en Francia, en España y en otros países han asomado los radicales xenófobos de derecha y los herederos del leninismo. Pero, a diferencia de lo ocurrido en el periodo de entreguerras, esto no nos ha llevado, de momento, a un enfrentamiento entre extremos, entre fascistas y comunistas. Lo que ha ocurrido, por ejemplo en Francia, ha sido la formación –y la victoria– de lo que podríamos denominar extremo centro. El nuevo presidente Emmanuel Macron dejó el PS hace algo más de un año para formar su propio movimiento, En Marcha. Pareció que abandonaba un transatlántico para embarcarse en una chalupa, echando por la borda cualquier posibilidad de éxito. Pero resultó que su mensaje de corte frankensteiniano, liberal en lo económico y tirando a socialdemócrata en lo social, era lo que el electorado prefería. Que se podía combatir el extremismo, en este caso de derecha, desde un extremo centro que promete equilibrios sobre el arco político. Y ahí le tenemos, antes de cumplir los cuarenta años, como nuevo inquilino del Elíseo, y con una difícil tarea por delante.

El extremo centro –o puro centro o centro exacto– que busca Macron constituye un experimento interesante. Pero, dejando a un lado lo que tiene de oxímoron geométrico –lo que está en el centro no está en los extremos–, presenta un riesgo cierto y perfectamente previsible: si no materializa su programa pasará de ser considerado una esperanza a un engaño y una pérdida de tiempo. Y pagará por ello con la desestabilización del sistema de convivencia, alentada por quienes desde los extremos proponen soluciones simples, quirúrgicas y radicales para la compleja sociedad occidental.

Una sociedad compleja, sí, pero no imposible de entender. En ella conviven personas que trabajan por su progreso personal y por el del sistema con otras que, en número creciente, ya casi determinante, son excluidas del mismo, a menudo en contra de su voluntad, y condenadas a un eterno precariado. Si no se articulan políticas efectivas contra esta realidad, el macronismo va a durar poco. Y los extremismos, como el león herido pero todavía vivo, volverán con renovadas fuerzas para contraatacar en un marco de descontento colectivo e imponer sus ideas retrógradas y abocadas al autoritarismo.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 28 de mayo de 2017)