Ya estamos acostumbrados a que los políticos que nos gobiernan o quieren go­bernarnos –no todos, pero sí algunos de los más rui­dosos– se expresen con una visceralidad impropia de su papel y sus aspiraciones. Estos últimos días hemos vuelto a pa­decerlos. El caso de la escuela de Canet ha generado exabruptos inadmisibles en personas que dicen ser muy demócratas. El líder de la oposición protagonizó el miércoles en el Congreso una intervención de tono tabernario. Desde Waterloo se presenta a España como­ un Estado poco menos que fascista. Desde Génova se presenta a la Generalitat como una institución en manos­ de totalitarios. Qué cansinos que son. Qué ganas dan de emular al emérito­ cuando le soltó aquel “¿por qué no te callas?” al pre­sidente­ venezolano, que aprovechaba una fraternal cumbre iberoamericana para­ tildar de fascista a su homólogo español.
Si no fuera patética, esta deriva descalificadora sería cómica. Pero no podemos ignorar que, dada su pertinacia, va promoviendo un movimiento tectónico con potencial de terremoto político. Porque a lo que estamos asistiendo de facto es al asalto del centro por los extremos. Los que se postulan para encabezar la sociedad, y por tanto reclaman el voto de las mayorías centrales, lo hacen gritando como energúmenos descentrados. Siguen subiendo a la tribuna parlamentaria encorbatados y acicaladas, como yernos y nueras de apariencia ideal­. Pero se expresan con la intolerancia sectaria del extremismo. Como si quisieran arrastrarnos a todos hacia él.
En efecto, los extremos parecen querer ocupar una posición central en el tablero político de nuestro país. He aquí un propósito comparable al de quienes persiguen la cuadratura del círculo: otro oxímoron geométrico. Qué tiempos estos en los que hay que subrayar lo evidente: el extremo es lo que está al principio o al fin de una cosa y, por tanto, en absoluto en su centro; el centro de cualquier cosa se define, precisamente, como el punto más alejado de sus extremos. ¿No queda esto claro? Por si no lo quedara, añado: para ser central, el extremo debería dejar de ser extremo.
La jerga política se inspira aquí en la geometría, esa parte de las matemáticas que aborda las relaciones entre puntos, líneas, superficies y formas expresables con medidas. Y que además lo hace con la precisión propia de una ciencia que denominamos exacta. El extremista es sinónimo de posiciones radicales e irreconciliables. El centrista es sinónimo de equilibrio, moderación y afán de entente. Son el huevo y la castaña. Si estás en el extremo, no puedes estar en el centro. O viceversa. Y, si algún día pasa eso, que Dios nos pille confesados. De momento, algunas encuestas ya dan un 20% de votos a Vox, gran beneficiario de esta dislocación conceptual y espacial. Cuando manda un extremo, los otros lo tienen mal. Y no solo los otros extremos: también lo tienen mal los verdaderos centristas y el resto del arco político.
¿Qué hacer para evitar que eso ocurra? Pues lo opuesto a lo que se está haciendo, que es ceder mucho protagonismo a los comportamientos extremos y alimentar su choque. Hay que abandonar esta dinámica descerebrada. Lo cual quizás requeriría otra organización de los ejes de la política. ¿Por qué no? Ya los cambiamos antes. Ya pasamos, como si la desigualdad estuviera resuelta, del tradicional eje social –que enfrenta criterios de derecha y de izquierda– al eje nacional –que enfrenta a los partidarios de un nacionalismo con los de otro–. Luego emergió el eje legal, que enfrentaba a los partidarios de la ley con quienes prefieren saltársela. Y luego el instrumental, que enfrentó a los amigos de la razón y la verdad con los populismos que sacan partido de la mentira y las teorías conspirativas.
Hemos ido saltando de un eje a otro. Uno más ya no importa. ¿Por qué no pasar al próximo? Sería este: un eje transversal que alineara a los partidarios de la convivencia ante los que reclaman la exclusión del otro. Lo cual nos serviría para regenerar el clima democrático (y, de paso, restablecer el orden geométrico). A un lado, los que apuestan por convivir. Al otro, los que no. A un lado, los que tienden la mano. Al otro, los que dan manotazos. ¿Les parece un planteamiento fofo y buenista? Yo le daría una oportunidad. Si no, seguiremos desbarrando y yendo a peor.

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de diciembre de 2021)