Los embozados

15.12.2013 | Opinión

Rajoy, en un acto público, dirigiéndose con una mano que le tapa la boca al presidente del Tribunal Constitucional. Ignacio González y Francisco Granados cuchicheando, ambos con el puño en la boca. Juan Costa sosteniendo el teléfono con una mano y tapándose la boca con la otra… He aquí tres ejemplos de un gesto cada día más frecuente en la escena pública: el del político que, al hablar con un colega en presencia de periodistas, se oculta la boca con una mano. No lo hacen porque estén bostezando. Ni para evitarle al interlocutor su feroz halitosis. Ni para ahorrarnos la visión de una dentadura despareja. Lo hacen por precaución. Lo hacen para que las cámaras no capten el movimiento de sus labios y luego no venga un listo, los lea y nos cuente aquello que en tono inaudible, secretamente, estaban tramando.

¡Gran medida, la precaución! Nos evita tropezones, nos libra de contratiempos, nos pone a salvo de percances previsibles… Pero, al tiempo, ¡qué ofensiva y sospechosa puede resultar la precaución! Sobre todo, cuando los políticos recurren de modo tan grosero y reiterado a esa mano que tapa la boca para sustraer sus palabras al escrutinio popular. ¿Tan pavorosas son? ¿Tan poco nos gustaría saber al detalle lo que hablan? (¡Y no digamos lo que de veras piensan!) ¿Tan lesivo es para nuestros intereses y sensibilidades? ¿Acaso no deberían salir de sus bocas más que ideas para resolver los problemas colectivos y para cumplir el programa que les llevó al poder?

Sí, ya sabemos que los políticos son también humanos y, como tales, cometen errores. Sabemos incluso que cuando hablan ante un micrófono abierto, sin saber que lo está, son capaces de meter la pata hasta las ingles: ya les pasó a Esperanza Aguirre, José Bono, José Luis Zapatero y unos cuantos más. Y que cuando ven a los informadores a distancia y charlan desprevenidos, una cámara puede registrar el movimiento de sus labios y descifrar lo que dicen. Pero esa extendida costumbre de usar las manos como un embozo de capa, como una bufanda o un pasamontañas es éticamente reprochable porque vulnera la relación de confianza que reclama el representante a los representados que le han escogido. Y es estéticamente lamentable por ser más propia de conspiradores, soplones o rufianes que de cargos democráticos, de los que esperamos claridad y no ambages ni tapujos. ¡Un día aprueban leyes de transparencia y al siguiente se tapan la boca!

Francamente, en tiempos en los que se habla tanto de gestualidad y lenguaje corporal, ese ademán de taparse la boca para ocultar las palabras dichas es más que desafortunado. Y así lo proclamo. Probablemente, en balde. Porque bien pudiera ser que muchos de los aludidos se hubieran tapado previamente (de modo figurado, pero no menos decidido) los ojos ante nuestra áspera realidad y, sobre todo, las orejas, para mejor ignorar los lamentos que ocasiona.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 15 de diciembre de 2013)

 

Prolifera entre los políticos la costumbre de taparse la boca con una mano para ocultar sus palabras