Lo que tiene la unilateralidad

02.10.2016 | Opinión

DUI y RUI son dos acrónimos que han hecho fortuna en la escena política catalana, particularmente entre los independentistas. En el mundo anglosajón, DUI significa driving under the influence; es decir, conducir un vehículo bajo los efectos del alcohol o las drogas, lo cual está penalizado. Aquí es distinto. En Catalunya, DUI significa declaració unilateral d’independència, la vía exprés hacia la independencia. A su vez, RUI significa en Catalunya referèndum unilateral d’independència. Pero más allá significa otras cosas. Si guglean RUI observarán que el segundo link les remite a un fabricante albaceteño de navajas, machetes, hachas y otras armas filosas para “profesionales y amantes del sector militar, policial y de la seguridad”. El mundo es así: diverso. Y, sin embargo, condenado a convivir.
Los acrónimos DUI y RUI comparten dos iniciales, la U de unilateral y la I de independencia. Sobre el segundo concepto no hace falta extenderse. Me limitaré a resumir lo que la secesión nos reportaría, según sus apóstoles: un futuro luminoso en el que nos liberaríamos de la asfixia centralista, la economía rebotaría, el paro desaparecería, los altos tribunales nos lo pasarían todo, imperaría la igualdad de género y acabaríamos con el maltrato animal. O sea, la Arcadia.

La unilateralidad, siendo un concepto comprensible, merece quizás una reflexión complementaria. Eso es lo que me propongo articular en esta nota. Empezado por la propia defi-nición del término: la unilate¬ralidad es la cualidad de unilateral, de aquello que se refiere a un solo aspecto o viene de una sola parte. A modo de ejemplo suele ponerse el de “la unilateralidad de una decisión”. Decimos que algo es unilateral cuando es parcial, limitado, restringido, incompleto o separado. Usamos unilateral como antónimo de ¬bilateral; y de lo imparcial o lo ilimitado.
 
Yo comprendo que el tancredismo de Rajoy ofenda y encone a los catalanes que aspiran a pactar otro tipo de relación con España. Del mismo modo que ofende y encona a la mayoría de catalanes la imposición del independentismo. Y no porque esta mayoría sea, forzosa e inevitablemente, españolista, sino porque estima que cualquier solución unilateral es un parche de consecuencias a menudo contraproducentes. Eso lo sabe incluso el presidente Puigdemont, que el miércoles, al anunciar el referéndum para dentro de un año, ¬admitió que lo ideal sería acordarlo previamente.

La unilateralidad puede complacer a algunos espíritus juveniles y exaltados. Pero no es de recibo en un gobierno que sabe que, pese a la ingeniería electoral y parlamentaria que simula lo contrario, no dispone ni de la mitad de los votos. A no ser –como ocurre aquí– que ese Gobierno y las instituciones hayan sido entregados a los activistas, que por tradición y cultura suelen ser partidarios de la unilateralidad.

La unilateralidad no funciona en las sociedades diversas, ni siquiera cuando lo parece. El Partido Popular puede mandar en España y aprobar en solitario la Lomce. Pero cuando lo hace sin los apoyos necesarios, el resultado final es que la ley no va a ninguna parte. Lo hemos visto recientemente. Y es que en las sociedades complejas no se trata de imponer la propia ley, sino de pactarla con los rivales, aunque sea  rebajando sus contenidos. Eso me parece a mí más democrático que lo unilateral.

A diferencia de los acuerdos bilaterales o multilaterales, que implican a las dos partes involucradas, los unilaterales no implican sino a quienes los toman. No hay que esperar que España o Europa aplaudan unilateralidades catalanas. Las decisiones unilaterales tienen una connotación negativa. No ahora. Siempre. Porque acaban imponiendo políticas no consensuadas. En Madrid o en Barcelona.

En Catalunya disfrutamos de un unilateralismo más desinhibido que coherente. Llevados por él, los mismos soberanistas dispuestos a romper con España sin consenso social, boicotean al pregonero de la Mercè porque, a su modo de ver, “no representa a todo el mundo”.

La supuesta unanimidad hacia la independencia es una pura invención. No se palpa en la calle. Tampoco en el Consell Executiu de la Generalitat, donde la convocatoria de un RUI para culminar la presente legislatura suscita dudas y discrepancias. No es de extrañar. Ni malo: la sociedad plural es así.

Pero a los unilateralistas todo esto les importa poco. Algunos, rizando el rizo, van más allá del RUI y proponen el RUV, que ya no sería un referéndum unilateral por la independencia, sino un referéndum unilateral y vinculante. Y yo me pregunto: ¿con qué razones puede reclamarse como vinculante lo que se dicta unilateralmente? ¿Es eso una paradoja, un desvarío o algo peor? Dicho lo cual, no todo es estéril en la unilateralidad: cuando se fomenta desde arriba, da alas a todos los ciudadanos para hacer en cualquier momento lo que  les dé la gana. ¿Cómo te va a decir el Govern que seas obediente cuando previamente te anima a desobedecer? En fin, es lo que tiene la unilateralidad.
 
(Publicado en "La Vanguardia" el 2 de octubre de 2016)