Hoy es el 1-O elegido por el soberanismo para el referéndum sobre la autodeterminación de Catalunya. No ha habido, en tiempos recientes, un día del que se haya hablado más. Pero la jornada llega sumida en incógnitas y presidida por una pregunta omnipresente: ¿qué va a pasar?

A la espera de lo que pueda ocurrir en la anunciada fase de movilización popular, puede hacerse ya un balance del proceso. Su primer punto indica que la opción independentista se ha consolidado pero, también, que no se ha logrado la independencia; y que si se proclama durará horas. De hecho, la autonomía catalana está intervenida; buena parte de sus políticos, están a un paso de la inhabilitación; y las relaciones Catalunya-España, o entre catalanes, están averiadas. Grosso modo, este es el panorama tras cinco años de agitación. No es mejor que el que teníamos antes. Pero algo hemos aprendido.

Hemos aprendido que el Estado no quiere desprenderse de uno de sus territorios, y que para evitarlo usa todos los recursos a mano, desde la ley, que todos debemos acatar si queremos vivir sin sobresaltos, hasta las cloacas (que han exhibido su peor y más efectivo rostro), los tribunales o la Guardia Civil. Cuando un brazo o, mejor dicho, parte de un brazo exige separarse del cuerpo, este suele negarse. Enseñanza: para abordar ciertas operaciones se precisa un acuerdo previo entre las partes.

Que el nacionalismo catalán negociador y pactista ha sido desplazado por un soberanismo insurreccional, que ha sustituido, primero, la inteligencia política por la astucia, y luego por el pit i collons, con los resultados previsibles. Entretanto, el nacionalismo vasco ha dejado atrás la fase de conflicto y, con menos diputados que los catalanes en el Congreso (aunque, eso sí, más proclives al estilo de la Comercial de Deusto que al del rufianismo), sigue disfrutando de sus ventajas fiscales y tiene al Gobierno a su merced para aprobar los presupuestos del Estado. Enseñanza: en democracia, los objetivos políticos no se alcanzan cuando uno quiere –ni cuando a Lluís Llach o Marta Rovira les entran las prisas–, sino cuando se da la correlación de fuerzas adecuada.

Que Mariano Rajoy ha acreditado una miopía, una pasividad y una incapacidad política que reclaman su relevo. Su responsabilidad ante esta grave crisis de Estado es central. Uno de los escasos frutos de dicha crisis sería su muy merecida caída. Enseñanza: el precio a pagar por ciertos progresos es absurdamente elevado.

Que Jordi Pujol, patriarca del autonomismo, tenía muertos económicos en el armario. Que la actividad de la mayoría de sus hijos, al calor del poder, oscilaba entre el tráfico de influencias y el Código Penal, pasando por la afición al pelotazo. Lo cual ha dinamitado su obra y su autoridad moral. Sus sucesores no le han superado en intelecto ni cintura política. Enseñanza: no es bueno que un president se aferre 23 años al poder: así cerró Pujol el paso a sucesores cualificados y lo franqueó a los que nos han traído hasta aquí.

Que no se pueden empezar las cosas mal, porque acaban mal. Si la feina ben feta no té fronteres, según rezaba un olvidado lema convergente, la feina mal feta nos dirige inexorablemente contra las rocas. No es sensato avanzar hacia la independencia con apoyos insuficientes, con argumentos trucados, vulnerando las leyes y ninguneando a la oposición mientras, en cínica pirueta, se rinde culto a una teórica democracia que luego, en la práctica, se atropella. Enseñanza: el modo en que se persigue un objetivo importa tanto como el objetivo en sí.

Que esta crisis, agravada por el transversal partido del odio que incendia las redes, ha desvelado el rostro más feo de nuestra sociedad y ha subrayado la urgencia de rearticular las sensibilidades más equilibradas y dialogantes. Porque el diálogo que pedimos al Gobierno y al Govern está ya excluido de nuestras conversaciones, salvo entre correligionarios. Enseñanza: como colectivo, estamos peor que antes.

Que el resistencialismo y su hermano menor el victimismo salen de este conflicto como un cachas del gimnasio: admirándose en el espejo, reiterando consignas, sin asomo de capacidad autocrítica. Los discursos de los líderes independentistas empezaron con medias verdades, pensamiento mágico e ilusión, y siguieron con una retórica propagandista, repetitiva y cansina, ingenuamente coreada por la masa de fieles al “sí o sí”. Enseñanza: véase la del párrafo anterior.

Que esta política irresponsable y exangüe quiere pasar ahora el testigo a la movilización popular. O sea, trasladar el partido que disputa parte de la mayoría catalana menestral y burguesa al terreno de los antisistema, que ansían un choque más fuerte, con los efectos, de nuevo, previsibles. Enseñanza última y aviso a navegantes: la situación es ya delicada, pero puede empeorar hoy y en días venideros.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 1 de octubre de 2017)