Articulistas de intachable currículum independentista han insinuado recientemente que la coyuntura política actual es la antesala de la decadencia catalana. Atribuyen dicha decadencia, además de al maltrato estatal, a la incapacidad de ERC y Junts para pactar una estrategia común. Esto último, según apunta uno de los intachables, será una quimera mientras Junqueras y Puigdemont, que acaudillan ERC y Junts, no superen el rencor que se profesan. Y –añado yo– mientras no acaben con los conflictos grotescos que propicia la vena confrontativa de Puigdemont y los suyos, que son estériles para su causa, y cansinos y deprimentes para los que creen que la independencia no es hoy prioritaria ni viable.
Esa insinuación es una buena noticia. Pero aún no basta para frenar la inercia victimista. Acabamos de asistir al caso Juvillà, otro intento de desobediencia de la ley, capitaneado por la presidenta del Parlament, cuyo sueldo anual ronda los 140.000 euros. Su desafío, con freno y marcha atrás, ha acabado en nada. Mejor dicho, en otra prueba de su impotencia y de la brecha que separa a los grandes partidos independentistas. O de que la vía del reto al Estado no lleva lejos. O de que la capacidad de cierto soberanismo para desprestigiar unilateralmente las instituciones de todos los catalanes es enorme y alarmante.
No podrá alegarse que esa división, de efectos regresivos, nos pilló por sorpresa. Llevamos años asistiendo al absurdo –o la tomadura de pelo– de unos partidos que predican patéticamente la unión mientras abonan la desunión. Así ha sido en el procés y el postprocés. La lista de ejemplos daría para llenar este diario. Citaremos solo algunos de sus debates más sonados: ¿acertó Puigdemont al huir en el maletero de un coche mientras Junqueras y compañía se quedaban e iban a la cárcel?, ¿quién es el presidente legítimo?, ¿hay que ir a la mesa de diálogo?, ¿debe marcar el Consell de la República –y no el Govern– la estrategia independentista? Esta ristra de preguntas sin respuesta consensuada refleja una enemistad sólida. Así las cosas, ciertos independentistas despiertos y con una idea cabal de la dignidad temen ya el modo en que se tratarán estos años en los libros de historia. Y no porque duden de la legitimidad de su anhelo, sino porque han amontonado pruebas de que el camino elegido para materializarlo conduce al despeñadero. Las ediciones que patrocine –es una hipótesis– el delirante Institut Nova Història hablarán de gestas heroicas. El resto presentará el periodo actual como lo que es: una aventura anacrónica, dirigida por políticos que ignoran los márgenes y los límites de la negociación política y han polarizado y empobrecido Catalunya. Además de convertirla en un muermo: según el Diplocat, la presencia de Catalunya en las redes cayó un 40% en el 2021. Hemos pasado de “el mundo nos mira” a “aburrimos a las ovejas”.
El próximo Onze de Setembre, cuando se cumplan diez años de la manifestación que dio el pistoletazo de salida al procés, el independentismo tendrá poco que celebrar. En ese decenio ha desplegado una estrategia impotente. Quienes mandan aquí, tan sensibles para detectar errores políticos ajenos, no saben ver y corregir los propios, pese a ser clamorosos.
Si el independentismo aspira a un futuro mejor, debe empezar aparcando sus tacticismos inútiles. Y eso quizás exija relevos al frente de sus filas. Algunos de los líderes del procés se han retirado ya y lo han dicho sin tapujos. Otros, no tan explícitos, lucen perfil discreto. Otros aún prolongan, sin propósito factible, la agonía del procés, por miedo a ser tildados de botiflers, sin reparar en que sus servicios a la patria son ya equiparables a los de dichos botiflers. Por no hablar de que la paciencia tiene un límite­.
Es bien conocida la réplica de Cicerón a Catilina en el Senado romano: “¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”. Lo es menos la sentencia de su coetáneo Publilio Siro: “La paciencia ofendida puede transformarse en furia”. Por ejemplo, en la furia, ya perceptible, del independentismo radical, que se siente defraudado. O en el hastío de los no independentistas. O en el inclemente análisis que acaso se haga en ese futuro decadente (que temen los intachables) de estos años pésimamente gestionados.

(Publicado en "La Vanguardia" el 13 de febrero de 2022)