Durante la campaña madrileña del 4-M estamos asistiendo a un combate desigual. Los dos partidos con mayor expectativa de voto, el PP y el PSOE, presentan candidatos que parecen competir en categorías diferentes. La popular Isabel Díaz Ayuso se ha identificado con el concepto libertad . El socialista Ángel Gabilondo, con su condición de hombre soso. Y así les va.

A priori, la elección entre la libertad y la sosería está clara. Otra cosa es la fiabilidad de ambas ofertas. ¿Garantiza Ayuso un mejor régimen de libertades porque mantuvo bares abiertos en plena pandemia (mientras Madrid acumulaba las peores cifras españolas de muertos por el virus)? Pues no. ¿Es Gabilondo un político al que, a juzgar por su expresión, le falta gancho? Pues sí.

 

Las preguntas que quizás proceda hacer a continuación son estas: ¿qué nos ofrecen ambos candidatos, además de (supuesta) libertad y (evidente) sosería? ¿Les avalan carreras comparables? ¿Debemos juzgarles por lo que dicen o por cómo lo dicen?

He revisado vídeos de campaña de estos y otros candidatos, en busca de respuesta a mis preguntas. Empezando por uno de Vox, en el que la candidata Rocío Monasterio evangeliza en una tasca a un parroquiano. Este hombre, con gorrilla de camuflaje y sentado ante lo que podría ser un gin-tonic, dice ser socialista. Pero, según escucha los planes de Monasterio, va asintiendo y cayéndose del caballo, como Pablo camino de Damasco, hasta protagonizar una conversión milagrosa.

En su vídeo, Ayuso no habla, pero diría que también aspira a propiciar conver­siones milagrosas. Se limita a correr, ­vestida de chándal, por un Madrid con los comercios abiertos. Según se deduce de los barrios por los que va pasando, corre unos treinta kilómetros, a cuyo término, en lugar de caer derrengada por el es­fuerzo, lanza una mirada seductora a la audiencia. Luego aparece la palabra li­bertad . Y con eso ya queda todo dicho. ­Para completar el arco de la derecha, mencionaremos el vídeo de Ciudadanos, en el que el candidato Edmundo Bal ­circula en moto con chupa de cuero y casco, luego corriendo vestido de runner , y al final entra en el Congreso: ahora mismo, las encuestas no le dan votos suficientes para entrar en la Asamblea de Madrid.

En la izquierda, una sobria Mónica García, de Más Madrid, critica la gestión de la pandemia y alaba a los sanitarios. Podemos casi oculta a su candidato, Pablo Iglesias, que tan ruidosamente entró en esta contienda, pero ilustra su vídeo con una voz en off en la que resuena su tonillo didáctico, suficiente y, a veces, algo irritante. Y luego está el vídeo de Gabilondo, en el que sin salir a la calle se presenta a sí mismo como soso (por sosegado y poco amante de la bronca), como serio (porque se preocupa por los que han crecido en años de crisis) y como formal (porque no comparte la tendencia y el descaro y el insulto de otros candidatos). También se define como profesor y progresista.

Con sus respectivos mimbres, Ayuso recogía esta semana un 36,7% de las expectativas de voto, y Gabilondo, un 23,4%. Creo que eso no se debe tanto a lo que dicen o son ambos candidatos, como a cómo lo dicen y cómo se comportan. Así son las cosas en la época de la hipercomuni­cación audiovisual y la reflexión menguante. Gabilondo, que es catedrático de Filosofía, ha sido rector de la Universidad Autónoma de Madrid y ministro de Educación, y cuya inteligencia y compromiso están acreditados, compite lastrado por el sambenito de soso; o sea, de aburrido, anodino y sin gracia. ¿Es su rival Ayuso la emperatriz del salero? ¿La respalda un currículum sólido (tras iniciar sus servicios a la causa popular llevando las cuentas en Twitter de Esperanza Aguirre y de su perro Pecas, dirigir el área online del PP, y culminarlos hasta la fecha con una laxa y temeraria gestión de la pandemia en Madrid)? No. Más bien se expresa como una chulapa populista, que polariza, demoniza a sus rivales y se presenta a sí misma como lo más madrileño que se ha inventado desde los callos a la madrileña. A castiza no la gana ni el difunto Fary.

¿Qué conclusión cabe sacar de todo lo dicho? Pues una muy obvia: ideologías aparte, el cómo se dicen las cosas ya parece importar más que las cosas que se dicen o se hacen. Una candidata arrogante y desafiante que, en mi opinión, no destaca por su formación ni su escala de valores ni sus logros políticos –¿dónde están las bajadas de impuestos que tanto promete?– parece estar a punto de darle un baño a un candidato más sólido y más solidario.

Así está el patio, a una semana del 4-M. Y si es cierto, como apuntan los sondeos, que hay un 13% de indecisos, y siendo estos gente de cultura política voluble, la diferencia entre ambos puede crecer. Y eso ya no sería solo culpa de los candidatos.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 25 de abril del 2021)