Lo peor que podría pasar

26.06.2016 | Opinión

Gran Bretaña ha decidido abandonar el proyecto europeo. Ha elegido la senda trazada por el ultranacionalista, xenófobo y hombre de pub Nigel Farage. O la del oportunista Boris Johnson, deseoso de desbancar a David Cameron, su compañero en Eton y en Oxford, y a tal fin dispuesto a cualquier cosa; por ejemplo, a comparar Europa con Hitler. Al tiempo, Gran Bretaña ha ignorado lo que aconsejaban los líderes de sus grandes partidos, la mayoría de sus parlamentarios, el Banco de Inglaterra, sus universidades, su mayor patronal, su mayor sindicato, etcétera. El Brexit aísla un poco más al Reino Unido, lo divide en dos y, además, debilita a Europa.

Estamos, pues, ante lo que en inglés se denomina worst case scenario. Es decir, el país se ha situado en el peor de los casos, ha querido que pasara lo peor que le podía pasar. Los euroescépticos británicos pensarán lo contrario, claro está. Pero cuantos consideran que los problemas globales no se resuelven con recetas nacionales dirán que en el Reino Unido se han equivocado.

La tormenta perfecta británica parece, pues, entablada. Y otras se anuncian ya en el horizonte. No hablo ahora de amenazas exteriores como el yihadismo. Hablo de nubarrones genuinamente occidentales. A mí me parece improbable que Donald Trump gane las elecciones norteamericanas de noviembre, pero no pocos opinan que conserva opciones de ocupar la Casa Blanca. Entretanto, Marine Le Pen sigue acercándose al Elíseo. Líderes racistas holandeses o daneses porfían para que sus países sigan los pasos del Reino Unido. El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, abandera una deriva populista que se extiende por otros países del Este europeo y pone los pelos de punta en Bruselas. Desde finales del siglo pasado, Vladímir Putin dicta su ley en Rusia. Esta circunstancia no ha favorecido mucho el régimen de libertades en aquel país, salvo para el grupo de oligarcas y altos cargos afectos, que se toman todas las libertades imaginables. Catalunya, por si no bastara el efecto hipnótico del omnipresente procés, se ha visto sometida en los últimos meses al errático capricho de un grupo antisistema que reeducaría con gusto a esa mayoría de orientación más moderada. Y en las elecciones generales de hoy tendremos ocasión de apreciar el avance del populismo en España.

Algunos de estos agentes llevan años deambulando por la escena política. Otros se han incorporado recientemente. Muchos han vagado entre nosotros como amenazas cuya concreción no creíamos inminente, ni siquiera probable. Nos parecía que sus propuestas maximalistas o insolidarias o abiertamente reaccionarias no hallarían nunca los apoyos necesarios para imponerse. Pero a algunos de esos fantasmas les falta ya poco para tomar cuerpo. El mundo de los vivos, incluidas sus estructuras de gobierno, se va poblando de zombis. Y si alguno puede tomar decisiones contrarias a los objetivos que durante muchos años hemos considerado irrenunciables –más democracia y libertad, mejor educación, más progreso social, más solidaridad–, la confluencia de todos ellos en puestos de mando auguraría consecuencias desagradables a una escala superior. Podríamos estar acercándonos a otro worst case scenario, este no ya de dimensión británica y europea, sino avivado en diversos focos simultáneos del mundo avanzado. Si eso se concreta –y algo de eso hay– las posibilidades de que el planeta evolucione a mejor caerán en picado.

Cada populismo tiene sus propios rasgos pero todos comparten un común denominador, donde se mezclan las soluciones supuestamente fáciles para los problemas complejos, la acción unilateral y directa en detrimento de la consensuada, la marginación de los que son diferentes, la cerrazón y la miopía ante un mundo interconectado donde hay muchos intereses privados pero también otros colectivos, no menos relevantes. Gestionar el mundo nunca fue sencillo. Pero si cayera en manos de gobiernos iluminados por su verdad, sólo por ella, lo sería menos. La realidad podría dar la razón a los catastrofistas.

No son populismos lo que necesitamos. Necesitamos políticos capaces de recordarles a los electores –y de paso a los poderes fácticos– que el avance de la desigualdad y el debilitamiento de las clases medias es dinamita para el sistema. Que con más desigualdad y menos justicia social se alimenta el populismo. Que el populismo se da mucha maña para rentabilizar el creciente y comprensible descontento social, pero bastante menos para generar soluciones integradoras y prosperidad sostenible (no subsidiada). Y que podemos levantar muchos muros y muchas fronteras, pero cuantas más sean, más reducido será nuestro solar, más débil nuestra posición y más difícil su defensa.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 26 de junio de 2016)