Lo fácil y lo difícil

20.01.2013 | Opinión

Investigadores de la Universidad de Liverpool han realizado un experimento con treinta voluntarios a los que dieron a leer textos clásicos en versión original, y luego en una versión más sencilla, abreviada, mientras les practicaban resonancias magnéticas cerebrales. Comparando tales resonancias comprobaron que la lectura de un clásico en versión original, con toda su riqueza y complejidad, estimulaba más la función cerebral, potenciaba la atención y la reflexión, y mejoraba las luces del voluntario. En suma, la lectura de un clásico beneficia más la mente que, pongamos por caso, un libro de autoayuda, que es lo que se suele leer para salir del pozo.

Quizás este hallazgo no debería haber sido presentado como tal, y menos en la universidad. Las personas leídas ya saben que alimenta más Cervantes que toda la lista de libros más vendidos. Pero viene bien recordarlo, porque el índice de pereza cerebral crece. La moraleja del experimento de Liverpool es, en síntesis, la siguiente: lo que nos motiva y nos hace progresar es el estímulo ante lo desconocido, la dificultad y lo que desafía nuestras capacidades. He aquí un hecho indiscutible. Además de una nueva prueba de lo bien diseñado que está ya de serie el cuerpo humano, esa máquina multifuncional de prestaciones insospechadas que dura muchos años con poco mantenimiento. Es cierto que, entre tanto, sumamos michelines y perdemos pelo; pero un cerebro usado siempre paga.

El ser humano se pregunta tanto por el sentido de la existencia que ya no sabe dar con la respuesta. Pero la hay y es simple: se trata de usar las herramientas recibidas. Los pulmones para respirar hondo, las piernas para andar lejos, los ojos para verlo todo. Y el cerebro para ilustrarse y mejorar; para aprender a razonar, hablar, superarse, querer, disfrutar, ayudar, indignarse, innovar y -como advirtió otro clásico- también para aprender a morir.

¿Es eso lo que hace el grueso de la población? No. Hace lo contrario. Empieza relajándose un poco, prefiriendo lo fácil a lo difícil, y acaba apoltronado y, por tanto, inerme. Hace tiempo que la mayoría considera la poesía como una chaladura; y los clásicos, como unos libros abstrusos. Hace tiempo que se prima la atención a los productos que vienen ya masticados, aunque pasen sin dejar rastro. Así es como se impone la apatía. Así es como se empieza rechazando a Darío, Cernuda o Valente, y se acaba enganchado a cualquier programa basura narcotizante. Esa falta de fibra y capacidad reactiva es la que lleva luego a los ciudadanos a aceptar sin rebelarse las desfachateces del poder. Por ejemplo, y por hablar sólo de las últimas, las protagonizadas por los Güemes, Rato, Bárcenas y demás clásicos de nuestros días. Quizás les parezca que mezclo manzanas y peras. Pero creo que hay un hilo entre una cosa y la otra: prescindimos en la escuela del estímulo exigente y liberador de los clásicos, y luego, ya mayores y atontados, acabamos tolerando el abuso de un sistema podrido de corrupción.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 20 de enero de 2013)