Hay conexiones con las que se pierde más que se gana. Por eso la publicación en The New York Times, la semana pasada, de un reportaje sobre la conexión rusa del independentismo catalán, firmado por un ganador del Pulitzer 2020, ha ensombrecido los días previos al Onze de Setembre. La Diada de ayer ha sido ya la décima pilotada y capitalizada por el soberanismo rupturista. Porque fue en el 2012 cuando la ANC tomó sus riendas, que antes había empuñado el catalanismo transversal. Han sido diez años de agitación y propaganda insomnes, pero de fruto escaso y poco apetitoso: una independencia relámpago que duró breves segundos; una sociedad polarizada, empobrecida; y la contumacia de parte de los promotores de esta operación, dispuestos a seguir erre que erre in aeternum.
Georg Herbert Münster fue un diplomático hannoveriano de la segunda mitad del siglo XIX, destacado en San Petersburgo, París y Londres, que solía repetir esta frase de “un ruso inteligente” amigo suyo: “Cada país tiene su propia Constitución. La nuestra es el absolutismo atemperado por el asesinato”. Münster ejerció en San Petersburgo en tiempos del zar Alejandro II, pero algunas cosas no cambian todo lo que deberían con el paso de los años.
El régimen ruso que hoy encabeza Vladímir Putin no responde exactamente a aquel modelo absolutista. Pero es autoritario, se apoya en una oligarquía obscenamente rica –a la que el propio Putin pertenece– y recorta las libertades de los ciudadanos.
Respecto a la vigencia del remate de la cita de Münster, cabría evocar nombres como los del agente Litvinenko, el opositor Nemtsov o la periodista Politkóvskaya, cuyos casos nos han ilustrado sobre la labor de los pistoleros y las virtudes del polonio. O el nombre de Alexéi Navalni, gran opositor actual de Putin, que a diferencia de los citados tiene la suerte de seguir vivo –en la cárcel, eso sí–, tras sobrevivir a ataques y venenos.
Todos los estados tienen sus defectos y sus trapos sucios. Pero unos defectos son más llevaderos que otros y unos trapos están más sucios que el resto. Catalunya forma parte de España, y España, de la Unión Europea, que por lo general comparte valores con Estados Unidos. Valores que no defiende por igual Rusia. Esa divergencia está en el origen de las diferencias entre Rusia y la UE. Y no digamos entre Rusia y EE.UU., que casi usaron armas nucleares para dirimirlas.
No hace falta añadir que los valores preferibles para España y para Cata­lunya son los que vertebran la Constitución y el Estatut, o la legislación europea, y no los del Kremlin. Por eso, el independentismo no tuvo una buena idea cuando decidió buscar el apoyo de Moscú, creyendo, ingenua o irresponsablemente, que la aventura sería beneficiosa.
Es verdad que la manifestación seminal del 2012 desfiló tras el cartel “Catalunya, un nuevo Estado de Europa”. Y también lo es que Europa –cuya prio­ridad es consolidar su unión, no aplaudir secesiones– pronto dio la espalda al ­sueño soberanista. Pero buscar una alternativa en Rusia fue un error. O un arrebato desesperado, más propio de pardillos que de astutos. (La supuesta astucia ­catalana, del juez Vidal al presidente Mas, pasando por el agente Alay, hombre de ­confianza de Puigdemont que hizo los contactos en Rusia, y por ese Estado Mayor del ­procés que opera en la sombra, daría para un tratado sobre el error catalán contemporáneo).
Esa excursión de Alay –conviene insistir– fue un error, al menos por dos motivos. Primero, porque buscaba para Catalunya aliados en el bando equivocado y la enredaba en las estrategias inconfesables de Rusia, siempre dispuesta, según fuentes de la seguridad europea, a “desestabilizar Europa echando sal en sus heridas”. Segundo, porque el poderío económico de Rusia ha ido a menos –su PIB es algo superior al de España, que la dobla en renta per cápita, con un tercio de  habitantes– y su fuerza en el exterior es limitada. Alcanza para campañas de intoxicación en las redes y ataques cibernéticos. Pero no para enviar 10.000 soldados a luchar por la independencia en tierra catalana: una fantasía absurda.
No, la conexión rusa no fue una buena idea: fue otra expresión de la improvisación, la desorientación y la impericia de demasiados dirigentes del procés.

(Publicado en "La Vanguardia" el 12 de septiembre de 2021)