Sin imagen

Lenguaje moderno con ecos clásicos

01.08.2012 | Crítica de arquitectura

Frente a las remansadas aguas del embalse Gabriel y Galán, en una pequeña península poblada de alcornoques y pinos, se levanta una de las obras mayores, en todos los sentidos, de la arquitectura española de lo que va de siglo XXI. En esta zona septentrional de la provincia de Cáceres, ya cerca de Salamanca, en el término de Zarza de Granadilla, José María Sánchez García construyó en seis meses el Centro Internacional de Innovación Deportiva en el Medio Natural, que se inauguró en el 2010. Popularmente, esta obra realizada para la Junta de Extremadura recibe un nombre más conciso: “El Anillo”.

Se trata, en efecto, de una corona circular de enormes dimensiones -200 metros de diámetro y 628 de fachada-, pese a las cuales tiende a desaparecer. De hecho, este edificio tan sólo puede verse entero desde el aire. Sobre el terreno, la masa forestal y una cota ligeramente elevada en el centro del círculo desdibujan la línea perimetral de fachada, engullida por la Naturaleza. Y la magnitud de su cuerpo metálico, modular y desmontable (aparentemente curvo, pero armado con piezas rectas), redondea y atenúa también la línea poligonal de fachada.

El cliente pidió al arquitecto un programa para 6.000 metros cuadrados. Un volumen convencional, más compacto, hubiera causado tremendo impacto en este medio natural bien preservado, donde abundan aves protegidas, como las grullas, y se refugia el lince ibérico. SánchezGarcía se situó cerca de la cota inundable, limitó al mínimo los movimientos de tierras y elevó graciosamente su construcción sobre pilares de entre 80 centímetros y 4,80 metros de altura, sorteando así las ondulaciones del terreno. El edificio parece pues flotar sobre su parcela, favoreciendo las visuales y la transparencia. Lo integran en su planta principal una sucesión de módulos prefabricados de ocho metros de anchura, destinados a empresas que se dedican a desarrollar productos deportivos relacionados con la vela, el remo, el submarinismo y otros deportes acuáticos. Y ofrece en su cubierta, que puede usarse como pista de footing o ciclismo, un mirador continuo con panorámicas impresionantes. Por su geometría esencial, por su aplomo, pero también por la serenidad y amabilidad con que se asienta en un medio natural casi intacto, “El Anillo” constituye un excelente trabajo de José María Sánchez García. Da, además, una pauta perceptible en otras obras suyas, igualmente situadas en Extremadura.

Una de ellas es el entorno del templo de Diana, en el corazón romano de Mérida. Aquí el encargo recibido era muy distinto, pero no más fácil. Se trataba de recuperar y dignificar la plaza (delimitada por una irregular y deteriorada sucesión de fachadas traseras) que rodea al templo, acercándolo a los visitantes y dotándolo de una serie de servicios, pero salvaguardando su condición arqueológica. SánchezmGarcía le dio vueltas a este proyecto durante varios años, incluido el que pasó becado en la Academia de España en Roma, donde se empapó de su historia arquitectónica. A la postre, la solución elegida fue la más lógica: una estructura que discurre alrededor del templo de Diana, en la que se alternan vacíos y cajas de hormigón blanco tratado con áridos para entonar con el granito dorado del templo.

Dicha estructura redefine el perfil del espacio público oculta las mencionadas fachadas traseras, creando intersticios por los que se filtra luz solar, y gana dinamismo pese a sus líneas rigurosas. Como “El Anillo”, esta obra tiene una planta baja transitable y abierta (salvo por el muro de fondo), a modo de soportal; una primera planta en la que se instalarán los servicios de restauración y demás; y, a su mismo nivel, un balcón en voladizo corrido, desde el que puede abrazarse el templo de Diana, contemplándolo en todo su esplendor. En este entorno del templo hay además una planta subterránea, colmada de vestigios arqueológicos, que condicionaron la evolución del proyecto, y cuyas grandes dimensiones combinadas con alturas reducidas, comprimidas, crean una atmósfera especial y subrayan en algunos puntos la condición sagrada del recinto. Verbigracia, en el muro milenario que baña, por una brecha, la tenue luz cenital.

En Alange, frente al homónimo y hermoso embalse -donde ya se construían residencias de verano hace dos milenios-, se alza el Centro de Remo, la tercera obra de Sánchez García descrita en esta nota. Estamos hablando de un pueblo que, como tal, carece de un encanto especial. Por ello, tras atravesarlo en dirección al embalse y descubrir en una posición soberana, frente a la lámina de agua, la esbelta silueta de dicha obra, el visitante se siente ante un orden constructivo clásico. Este Centro de Remo integra dos cuerpos. El superior -y visible desde el núcleo urbano- es una estructura metálica, acristalada, de planta rectangular, en la que conviven el lenguaje moderno y los ecos antiguos. La pieza se asienta en un basamento de hormigón basto y planta irregular, destinado a servicios varios. A la luminosidad de la pieza superior, que es una balconada espléndidamente encarada al estanque, se oponen pues la penumbra y el recogimiento de la pieza inferior, un remanso fresco y umbroso, polivalente, apto para reparar embarcaciones o dar cursos teóricos cuando el sol restallante y las elevadas temperaturas agobian. Y, entre ambos niveles, hay una grieta que los une mediante una pasarela suspendida por tirantes de acero: sus dos tramos de rampa y su sutil vibración caracterizan el tránsito entre dos mundos diversos.

José María Sánchez García(Don Benito, 1975), discípulo de Alberto Campo Baeza y titulado hace sólo diez años en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, donde ahora da clases de proyectos, tiene otros trabajos en marcha. Entre ellos, sendas hospederías en Alburquerque y Olivenza. Pero son las tres obras visitadas en esta nota, sitas en Zarza de Granadilla, Mérida y Alange, las que le acreditan ya como uno de los mejores arquitectos de su generación. Cierto es que la Junta de Extremadura, tras un cambio de guardia político, en días de recortes y despiste, las tiene en varios grados de infrautilización, inacabado o descuido y exposición al vandalismo. Pero, aún en tan penosa coyuntura, brillan con luz muy poderosa.

 

(Publicado en el suplemento “Cultura/s” de “La Vanguardia” el 1 de agosto de 2012)

Foto Roland Halbe