Pocos asuntos agitan tanto las bajas pasiones de españoles y británicos como la soberanía de Gibraltar. Los que tenemos una edad recordamos al régimen de Franco azuzando a sus súbditos más casposos, vociferantes y nacionalistas para que reclamaran el peñón. Y cuantos sigan la actualidad –más allá de temas mayores como la separación de Bustamante o los líos de Carlota Casiraghi– sabrán que esta semana Gibraltar ha vuelto a estar en boca de todos.

Todo empezó con unas declaraciones de Michael Howard, efímero líder del Partido Conservador (del 2003 al 2005), aventurando que Gran Bretaña reaccionaría ante una hipotética invasión española de Gibraltar como lo hizo en 1982, cuando la invasión argentina de las Malvinas. O sea, enviando a la Royal Navy y reconquistando a tiros la tierra perdida. Esto podría tener sentido si el gobierno español –que es defectuoso, pero no tanto como la junta militar argentina– fuera a invadir la roca, cosa improbable. Lo único que ha habido es una declaración del Consejo de Europa, señalando que cuando se consume el Brexit, en el 2019, España podrá vetar decisiones comerciales entre la UE y Gran Bretaña. Tal fue la supuesta ofensa española que, como se ve, no era ofensa ni era española.

La verdad de los hechos ha importado poco a los tabloides británicos, siempre prestos a disparar contra viejos enemigos como España o Francia. En The Sun se ha calificado a los españoles de follaburros o borrachos, en el Daily Mail se ha aconsejado enviar la flota de guerra al peñón, etcétera. Han pasado ya dos siglos desde la batalla de Trafalgar, pero el gen belicoso pervive en la clase de tropa que durante siglos peleó bajo las banderas del imperio británico. Y a la prensa popular británica le encanta excitarlo. En lamentable correspondencia, medios españoles que recogieron este ridículo rifirrafe han difundido comentarios de lectores cuya zafiedad rivaliza con la de los británicos más groseros.

Y, a todo esto, ¿qué opinan los gibraltareños? Pues que quieren seguir siendo británicos (99%, según el último sondeo) y que, como tales, hubieran preferido permanecer en la Unión Europea (el 96% votó contra el Brexit). O sea, que no comulgan con el Gobierno español ni con el británico.

Todo lo cual da que pensar. Por ejemplo, que la división de veras relevante no se da entre británicos y españoles, sino entre asnos de ambas nacionalidades y personas sensatas de ambos países. Que asnos los hay en todas partes, desde las cúpulas de los partidos políticos hasta las guaridas de trolls desde donde se ceban las redes del odio. Que son más deseables los procesos políticos que aspiran a construir la unidad que los que dividen y dan la tabarra evocando guerras pasadas. Y que algún día habrá que educar a los jóvenes, incluso a los de menos luces, para que aprendan a discernir antes que a pegarse y, ya de paso, se olviden por un tiempo de Gibraltar.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 9 de abril de 2017)