Las patinadoras escotadas

30.10.2016 | Opinión

Voy a Google, tecleo “carteles sexistas”, pulso “imágenes” y se despliega en la pantalla de mi ordenador una colección de pasquines. Desde el de la película Cómo casarse con un millonario, con Marilyn Monroe, Betty Grable y Lauren Bacall, hasta el de una fiesta donde se anuncia, a modo de gancho, el sorteo de una joven latina, pasando por el de un club deportivo murciano con la foto de una chica bajo el lema “Te falta un hojaldre para ser un pastel de carne” o el tristemente célebre de Dolce & Gabbana donde se escenifica algo parecido a una violación colectiva.

A este cajón de sastre se acaba de agregar, con esa inmediatez e irreversibilidad propias de la era digital, un cartel del Circo Raluy Legacy en el que aparecen dos de sus artistas, las hermanas Niedziela y Emily Raluy, con vestido negro, corto y escotado, y calzando tacones de aguja. ¿Por qué están en compañía de las chicas mencionadas en el párrafo anterior? Pues porque la alcaldesa de Girona pidió al circo en un tuit que retire dicho cartel, que anuncia en las calles de la ciudad sus actuaciones, desde el pasado jueves hasta el 13 de noviembre. La alcaldesa alega que se trata de un cartel sexista, puesto que Niedziela y Emily, patinadoras y acróbatas, aparecerían en él en actitud que asocia a un “reclamo de producto erótico”. La dirección del circo rebate tal apreciación. Pero cuenta poco. Las Raluy figuran ya en la antología de carteles sexistas, orquestada, como tantas cosas, por Google, el juez global, que aquí ha contado con la alcaldesa de Girona como asistente en el ministerio fiscal.

No estoy a favor del uso de estereotipos sexistas. Me parecen hirientes, burdos y obsoletos. El machismo es casi siempre ridículo y con frecuencia criminal. Además, sospecho que si un fabricante o un proveedor trata de venderme sus productos o servicios por persona interpuesta –una mujer en bikini o un hombre en calzoncillos– es porque teme que ese producto o servicio no va a lograr defenderse por sí solo.

Dicho esto, tampoco soy partidario de la alegre –o severa– imposición de sambenitos. Ni de la mojigatería ni de la censura convertidas en deportes populares. Años atrás, ambas tenían mala prensa. La tenía la mojigatería en tanto que afectación de recato, moralidad y virtud, a menudo pura hipocresía; y en tanto que enemiga de una liberación  sexual entonces muy apreciada. Tenía también mala prensa la censura, que mutilaba libros, películas u obras teatrales, por el mero hecho de que sus planteamientos políticos, morales o religiosos no se ajustaban a la doctrina de la dictadura. Camilo José Cela obtuvo en su madurez el premio Nobel de Literatura, pero a muchos nos resultaba difícil olvidar sus años de colaborador con la censura franquista. Eso no invalidaba sus mejores libros, pero era un baldón de por vida. Y luego estaban la inteligencia y la finura prescriptiva de la censura, reflejadas, por ejemplo, en el informe del censor ante La verdad sobre el caso Savolta, el espléndido debut literario de Eduardo Mendoza: “Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza… [con] todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir”. En suma, crecí cuando la represión no parecía cool ni digna de confianza, cuando se aspiraba al criterio propio, guiado por la libertad y alejado de los extremos.

Algo de esa valoración se habrá perdido, puesto que ahora proliferan los voluntariosos censores aficionados. Entiendo que les puedan alentar las mejores intenciones. Pero las mejores intenciones no todo lo justifican. No justifican que desde una alcaldía se aspire, a la postre, a decidir el vestuario de unas acróbatas. No justifican su automática estigmatización y la de su empresa como sexistas. Y no siempre garantizan, si ese fuera su fin, el logro de un mundo mejor, más equilibrado y feliz.

A veces trato de imaginar cómo sería ese mundo feliz, desprovisto de todas las lacras propias de la condición humana. Donde la corrección imperara en todos los sentidos y órdenes vitales. Donde todos pudiéramos velar por las buenas costumbres, recurriendo cuando lo consideráramos oportuno a la denuncia del réprobo. Donde las normas y leyes acordadas no bastaran y debieran ser suplementadas por la infinita sabiduría de todos y cada uno de los seres a cuyo conjunto se refieren los poderes emergentes como “la gente”... Y lo que me imagino en tales casos es, a veces, una arcadia de vagos perfiles. Pero, otras, lo que visualizo es El auto de fe en la plaza Mayor de Madrid que pintó Francisco Rizi en 1683 y ahora cuelga en el Museo del Prado, con su destilado de orden, castigo y aquiescencia colectiva. Me lo imagino, eso sí, en una nuevo formato digital y en red –controlado también por Google, cómo no–, que da a cada pequeño juez amateur la posibilidad de interactuar intensamente con él, para atenuar o exacerbar sus rigores, según se haya levantado ese día.

(Publicado en "La Vanguardia" el 30 de octubre de 2016)