Domingo pasado Emmanuel Macron ganó las presidenciales francesas. Eso tuvo dos efectos positivos. Uno: su victoria cerró el paso a la ultraderechista Marine Le Pen, con lo que Francia y Europa respiraron aliviadas. Dos: con la llave del Elíseo de nuevo en el bolsillo, el presidente ya no necesita recurrir a las fotos llamativas, que en campaña le han granjeado presencia y notoriedad en la prensa, pero que eran tan chirriantes. Por ejemplo, la que se hizo y divulgó con los botones superiores de la camisa blanca desabrochados, mostrando su mata de vello pectoral, tupida como una camiseta térmica: un pecho lobo que ni Sean Connery. ¿Qué nos quería decir el candidato? ¿Que es muy macho? ¿Que la virilidad pilosa estimula el voto, además de alguna que otra líbido? ¿Qué más se hubiera desabotonado si la campaña hubiera durado otra semana?
No acabó ahí la cosa. En la jornada de reflexión, Macron se fotografió paseando por la playa junto a su esposa, luciendo una sudadera con la bandera tricolor, lo que inevitablemente remitía a los chandals de Nicolás Maduro cosidos con la enseña nacional. Una imagen playera asociada, por tanto, a un régimen totalitario; o sea, impropia de Francia.
Entre una foto y otra, en la recta final de las presidenciales, Macron se pateó la banlieue en pos del voto popular. Allí el nivel es el que es, de manera que el candidato se retrató jugando a fútbol o haciendo como que boxeaba con los vecinos del barrio. ¿Qué lectura se podía hacer de estas fotos? ¿Que impostaba empatía con las clases bajas? ¿Que quería meterles goles o pegarles de veras?
La mayoría de los mandatarios europeos  –el canciller alemán, la presidenta de la Comisión Europea, incluso el presidente del Gobierno español– cultivan todavía una imagen sobria, un dress code formal. Otros creen ya que cualquier impacto en la prensa merece la pena, aunque roce el ridículo. El premier británico Boris Johnson es, en este terreno, un campeón. Cada día las agencias informativas difunden fotos suyas haciendo el ganso: corriendo de madrugada por Londres con traje de baño, camiseta y gorro de lana, luciendo turbante de indio, montado en un pollino, departiendo con las vacas de una explotación agropecuaria, empuñando un taladro... Siempre despeinado y, a menudo, con los faldones de la camisa fuera de los pantalones. La cosa es ocupar espacio en los medios de comunicación. El cómo no importa.
¿Realmente no importa? Bueno, quizás sí. Porque es absurdo anteponer la cantidad de fotos a su calidad o sentido y, así, arriesgarse a dar mensajes inadecuados. Decía Leopardi: las personas no son ridículas sino cuando quieren parecer o ser lo que no son. ¿En qué favorece a un dirigente presentarse ante la opinión pública como lo que no es?

(Publicado en "La Vanguardia" el 1 de mayo de 2022)