Hace ya una semana que se desató la erupción volcánica en la isla canaria de La Palma. Desde entonces hemos visto en la tele, entre aterrados e hipnotizados, las imágenes de la lava incandescente devorando casas cerca de la Cumbre Vieja. A diferencia de los causantes de otras catástrofes naturales, la lava avanza a una velocidad relativamente lenta. Sin embargo, sus consecuencias son tan previsibles como inexorables. Es verdad que los volcanes revientan la montaña violentamente para dar salida a rocas, gases y cenizas. Y que luego la lava no deja vestigios de lo que arrasa a su paso. Pero esa lava no ruge como el viento huracanado, ni lo arrastra todo como las riadas, ni sacude y derriba construcciones como un terremoto, ni reduce la vida a cenizas como un incendio devastador. La lava rodea con parsimonia las casas y luego, en segundos, las atenaza, las aplasta y las sepulta bajo su manto ardiente, como un depredador metódico y despiadado. Después, la colada se solidifica y se transforma en una suerte de asfaltado intransitable, que todo lo entierra en una tumba impenetrable, definitiva.
Esa lava que borra y se traga la huella humana podría describirse también como una respuesta de lo mineral al reino animal y al vegetal, a los que expulsa o calcina sin contemplaciones. Un reino mineral que solemos asociar a lo pétreo e inmutable, a lo carente de vida, y sin embargo sigue evolucionando en las entrañas de la Tierra, a pocos kilómetros bajo nuestros pies, en espacios ocultos e inaccesibles: calderas abrasadoras donde se licúan rocas y se forma la lava que tarde o temprano sale disparada hacia el cielo. Un reino mineral por tanto secreto, pero para nada inerte, y aún a la espera de una glosa como la que Stevie Wonder dedicó al vegetal en su The secret life of plants (1979).
La erupción volcánica es un fenómeno muy vigoroso, acaso porque mezcla los principales elementos naturales (tierra, fuego, aire, agua) y también lo sólido, lo líquido y lo gaseoso. La actividad volcánica ha sido, pues, terreno abonado para la simbología. Por su capacidad destructora se ha presentado como símbolo del mal. Por ser irrefrenable se ha asociado a las pasiones amorosas más encendidas. Los volcanes, y en particular el paisaje tipo planeta deshabitado que dejan tras estallar, son también la expresión genuina de una tierra primitiva, más propia del big bang que de la presencia y el cultivo de los humanos.
No obstante, esa topografía primigenia e impracticable está formándose ahora mismo en La Palma, mientras desayunamos allá o aquí. O en los 150 volcanes que hay en erupción en el mundo. Quién sabe si también pronto en los 1.300 durmientes pero activos. Y es contemporánea de los desarrollos técnicos y científicos de última generación: los vuelos privados al espacio, las vacunas contra la pandemia desarrolladas en tiempo récord, la realidad virtual, etcétera. Mientras estos y otros avances se concretan, el subsuelo, que tenemos por paradigma de estabilidad, puede ser una olla a presión a punto de estallar y proyectar miles de toneladas de bombas ardientes. El suelo en el que hundimos los cimientos de nuestras casas, en busca de firmeza duradera, puede estar incubando su destrucción.
Todo ello convierte las explosiones volcánicas no ya en un símbolo, sino en otra prueba manifiesta de la fragilidad de lo humano. Esas casas blancas donde una familia reúne y disfruta los enseres acumulados en vidas esforzadas pueden desaparecer de golpe, para siempre, con todo su contenido. Fueron impruden­temente edificadas en laderas volcánicas, con espléndidas vistas, eso sí; y ahora son, ellas mismas, la imagen patética de la destrucción y la pérdida. La imagen de una agonía patrimonial irreversible.
Paradójicamente, las erupciones nos hablan también de una tierra nueva, todavía en formación, con la fuerza y el futuro prometedor del joven que crece y rompe las costuras de las prendas que vistió en la pubertad. Una tierra que quizás volverá a ser fértil, como lo es ya la de la isla volcánica de La Palma, cuando pueda ser dominada de nuevo, cultivada y explotada. Antes de que en un mañana, ojalá lejano, llegue otra erupción. Porque así son las cosas en este planeta fatigado, pero aún explosivo, que avanza a ritmos tan dispares.

(Publicado en "La Vanguardia" el 26 de septiembre de 2021)