Photocall es una palabra inglesa compuesta por otras dos, photo y call, que por separado significan foto y llamada. Y, juntas, dan nombre a esos forillos publicitarios ante los que desfilan y se fotografían los famosos, sonrientes y vistiendo sus mejores galas, al llegar a determinados eventos sociales.
El photocall es habitual, desde tiempo atrás, en los estrenos de cine, donde actores y actrices posan ante carteles de la nueva película. De este modo, el productor publicita su filme, y los comediantes se dejan ver, por si alguien atina a contratarles. 
Desde este ámbito el photocall saltó a otros muchos. Hoy los organizan todo tipo de empresas, ya sean del ramo de la cerámica, la alimentación o el automóvil. El glamur que desprendían los astros del cine no es el mismo, pongamos por caso, que el de un fabricante de embutidos, sus familiares, amistades y colegas. Pero nadie quiere prescindir del photocall, porque se ha convertido en una especie de fe de vida social contemporánea. Si apareces en ellos, existes, eres alguien. Si no, no. Eso es lo que parecen creer quienes se desviven por participar en ellos.
Otro asunto es el motivo por el que se quiere participar en ellos. Unos pocos cobran su buen dinero a cambio. Otros esperan, tras participar en muchos gratis, ganar fama y ser retribuidos algún día. Y otra cosa es que algunos de estos compensan su déficit de popularidad con un superávit de arrojo. De ahí los vestidos descocados que tanto atraen a los fotógrafos u otras performances.
Esta puerta de acceso a la notoriedad está al alcance de casi cualquiera. Para acceder a un photocall no hace falta ser el padre de la vacuna que acabará de veras con la pandemia ni un pensador luminoso. Suele abrir más puertas un escote de vértigo o una fama incubada en el pantano de los realities televisivos.
Quien más se exhibe, quien más payasadas hace, es quien más posibilidades tiene de reforzar su valor de cambio mediático. Y si a pesar de su entrega no logra ser invitado, siempre le queda el consuelo de a esos otros photocalls privados que tanto se han popularizado en bodas y cumpleaños: unos forillos ante los que se puede hacer el ganso tras tomarse dos copas y disfrazarse con narizotas, bigotes postizos y gorros imposibles. Es el photocall de los pobres en popularidad, los auténticos parias de hoy. Aunque también para ellos hay consuelo en las redes sociales, donde pueden colgar sus fotos más provocadoras, ante telones de fondo tanto o más fotogénicos que ellos… y esperar que alguien las vea una fracción de segundo mientras revisa sus redes a una velocidad que le impide retener en su memoria cualquier imagen.
La vida no es una tómbola, como cantaba Marisol. La vida es un photocall en bucle e inútil. Y, en vacaciones, más todavía.

(Publicado en "La Vanguardia" el 24 de julio de 2022)