La suma, la resta y la división

20.03.2016 | Opinión

Todo lo que no suma resta. Esta era una de las frases preferidas de Pepón Coromina, añorado amigo y productor de cine. La empleaba para referirse a los guiones que llegaban a su mesa. Los quería libres de circunloquios, sin grasa narrativa; confiaba en que sus secuencias estuvieran colmadas de chispa y diálogos brillantes. Porque, a su entender, todo lo que no suma resta. Así en las películas como en la vida.

Esta frase es hoy de uso extendido. Sigue inspirando películas. También planes de negocio. Se lee en los manuales de coaching. Ilumina a los amantes del minimalismo. La pregonan los capitanes de empresa y la ponen en práctica sus jefes de personal… Sin embargo, sigue topando con obstáculos en la política española. Los mandatos con fuertes mayorías parecen haber incapacitado a algún partido veterano para entenderla. Y el adanismo y el rigorismo la alejan de algunos partidos más jó­venes.

La ausencia de suma puede llevar a la resta. Cuando uno no suma con otros, y esos otros sí suman entre ellos, uno está de hecho restándose y perdiendo posiciones. Pero la resistencia a la suma puede llevar también más allá de la resta: a la división. Cuando la dirección de una fuerza se resiste a agregarse a otras –o, simplemente, a pactar con ellas– corre el riesgo de generar división en su seno. Porque quizás no todos sus miembros sean tan reacios al pacto.

Algo de esto hemos visto en España durante las dos primeras –e infructuosas– semanas de negociación para formar gobierno, en la que han aflorado discrepancias tanto en las filas del PP como en las de Podemos. En el PP se han alzado voces contra la pertinencia de que Rajoy siga pilotando la nave conservadora. Y en la cúpula de Podemos se han abierto grietas. A diferencia del PSOE y Ciudadanos, que han consentido hacerse mutuas concesiones programáticas a fin de suscribir un pacto, PP y Podemos afrontan esta posibilidad con mayor reticencia. De momento no han sumado. Y la división ha asomado ya en su seno.

En política, la división es un problema mayor que la resta. Algunos grupos son más propensos a ella, o tienen menos defensas para hacerle frente. El PP acumula experiencia de gobierno y goza todavía del poder, que tiene las virtudes de un poderoso pegamento. El poder genera beneficios y, por tanto, cohesiona. El aparato popular se lo pensará dos veces antes de ceder al canto de sirena regeneracionista y avenirse a reducir su cuota de poder.

Podemos es otra cosa. Podemos tiene orígenes asamblearios y antecedentes en el poliédrico movimiento del 15-M. Cuando vivían acampados en la plaza Catalu­nya de Barcelona, o en la madrileña Puerta del Sol, los indignados disfrutaban de largas asambleas, que principiaban con referencias a la crisis económica y el desempleo, seguían con recetas anticapitalistas, empalmaban con reivindicaciones feministas, saltaban a la lucha medioambiental y así sucesivamente. Buena parte de sus protestas estaban más que justificadas. Pero eran heterogéneas y, por tanto, de difícil priorización, ataque y resolución. Pese al creciente personalismo de su dirección, ese movimiento asambleario sigue siendo ahora una seña de identidad de Podemos. Lo cual es muy hermoso en términos democráticos, pero aboca a veces a la descohesión y la inestabilidad.

Este tipo de tensiones puede producir, pues, consecuencias internas y restar fuerzas. Pero puede también tener consecuencias entre el electorado si este percibe la negativa a buscar acuerdos con otros partidos como un error estratégico. O, al menos, como un desaire al resultado de los comicios del 20-D, que trajeron fragmentación parlamentaria y, por tanto, la exigencia de una nueva cultura de pactos. Ya no es hora de imponer programas de máximos, sino de trenzar acuerdos de mínimos. Eso es lo que pidieron las urnas.

Hasta la fecha se ha venido hablando de fuerzas políticas tradicionales y de fuerzas políticas emergentes. Las primeras, por el mero hecho de serlo, se tachaban de obsoletas, cuando no de corruptas. Las segundas parecían bendecidas por su presunta juventud y llamadas a comérselo todo. Pero nuestro tiempo es muy dinámico. Dicen las encuestas que, si hubiera nuevas elecciones, Ciudadanos avanzaría y el PSOE se mantendría. Y que el PP y Podemos retrocederían. Es decir, que el electorado premiaría a los que han reaccionado ante la nueva situación, sumando, y penalizaría a los que no lo han hecho, restándose posibilidades y exponiéndose a la división.

Pepón Coromina –ya se dijo– proclamaba que lo que no suma resta. Pero su lema favorito era otro: “Cap problema!”. Y no porque no los tuviera –en su breve vida logró arruinarse varias veces–, sino porque sabía que cada nueva coyuntura problemática tiene su solución. Así en el cine como en la política.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 20 de marzo de 2016)