La suerte está echada

29.09.2013 | Opinión

Si sigue progresando al ritmo actual, el censo de Zambia habrá crecido a fin de siglo un 941%. ¿Son los zambianos los grandes atletas sexuales del planeta? Quizás. Pero no los únicos. El censo de Níger crecerá un 766%. Y el de Nigeria, un 349%, con lo que este país africano sumará 730 millones de almas. Son datos de la ONU recogidos en “Diez mil millones”, libro del científico británico Stephen Emmott que mañana se presentará en Barcelona. Este título alude al número de humanos que se calcula habrá en la Tierra a fin del siglo. Es una cifra larga. Pero podría quedarse corta. Según Emmott, si ese ritmo sigue, la cifra de terrícolas alcanzará entonces los 22.000 millones.

“Este es un libro de terror”. Así es definida la obra de Emmott en la primera frase de la contraportada. Y no porque hable de vampiros, zombis y otros bichos de ficción, sino porque cita realidades: el tute que le vamos dando a la Tierra y la certeza de que la estamos agotando.

“Es más feo que pegar a una madre”, suele decirse de las conductas inadmisibles. Pero eso es lo que le hacemos a la Tierra. El plano general del libro de Emmott va como sigue: crece la población, se dispara la demanda de alimentos, se industrializa su producción, se multiplica el gasto de agua y la deforestación, aumentan el consumo de combustible fósil y la emisión de gases, sube la temperatura, se funden los polos, sube el nivel de los mares, se mutila la biodiversidad, etcétera. Y cada fotograma de este libro refleja un absurdo: para fabricar una botella de plástico que contiene un litro de agua se malgastan cuatro litros de agua.

Lo que afirma Emmott –dirán quienes niegan el cambio climático– son paparruchas. Pero temo que sea algo más: una sintética ráfaga de datos alarmantes, de gráficos elocuentes y de fotos devastadoras. Este libro se lee en una hora y, al acabarlo, uno duda entre llamar a la policía o saltar por la ventana. Aunque sólo fuera verdad un 10% de lo que cuenta. Por fortuna, enseguida escuchamos los noticiarios, que nos recuerdan qué importa, aquello que prioritariamente ocupa a los políticos, y ya nos tranquilizamos. Y al poco olvidamos otra vez el cambio climático, que, total, tampoco es para mañana. Por más que el nuevo informe de la ONU al respecto advirtiera el viernes que la temperatura del planeta puede subir 4,8 grados este siglo.

La destrucción del mundo, nos tranquiliza Emmott, aún puede detenerse. Vía desarrollo de la geoingeniería. O vía una radical reducción del consumo y de la presión extractiva sobre la naturaleza. Emmott no es optimista ante la primera opción. Ni tampoco ante la segunda. Porque, como dice citando a Paul Sukhdev, los intereses de la economía global son influir sobre los legisladores, evadir impuestos y maximizar beneficios para sus accionistas, más que innovar, preservar la naturaleza y frenar actividades perjudiciales para toda la humanidad. Alea jacta est.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 29 de octubre de 2013)