Dentro de un mes, según la hoja de ruta soberanista, Catalunya será un país independiente y –dicen– mejor. Quiero pensar que, con él, también serán mejores sus habitantes, al fin libres de ataduras y sangrías centralistas. Impaciente ante la proximidad del gran día, me miro en el espejo e intento descubrir un indicio de esa mejora. Pero nada, no hay avance. Veo el mismo rostro de siempre, algo más averiado.
Sospecho que eso les puede pasar a todos los catalanes, ya sean indepes o tengan otros sueños. Lo cual no significa que el enconado proceso no nos haya transformado ya un poco a todos. Para mal: hoy somos más rígidos e irritables. Es verdad que  el proceso ha partido al país por la mitad, y que ciertos temas no pueden tratarse sin arriesgar amistades. Ese es ya un logro tangible del procesismo de aquí, del inmovilismo de allá y de la torpeza de sus respectivos gestores. Para corroborarlo, quizás nada mejor que revisar cómo ve hoy un indepe a quien no lo es. Y viceversa.
Los independentistas catalanes, estimulados por unas entidades soberanistas hiperactivas hasta la toxicidad, ven a sus rivales como españolistas, unionistas, colonos, súbditos o cosas peores. Es una manera de estigmatizarlos cual enemigos. No les cabe en la cabeza que puedan tener otras prioridades. O que, simplemente, sean escépticos ante este u otros entusiasmos. La labor de demonización del rival ha sido constante. Hasta llegar a un punto en el que, aparentemente, la mera condición de no independentista ya inhabilita a un ciudadano catalán como tal, sus razones son refutables o desdeñables, y la posibilidad de debatir con él es una pantalla pasada. A ojos soberanistas, quien no esté con JxSí o la CUP sólo puede ser un agente de Rajoy y su corte (que quizás Dalí calificaría de putrefacta).
Para un no independentista catalán, los independentistas son personas encerradas con un único juguete que anteponen el anhelo nacional a las urgencias de la sociedad global. Lo hacen movidos por el despecho, la ingenuidad o el interés, presentándose como cruzados de la democracia, lo que a priori suena chachi, pero en realidad linda con el cinismo. Puesto que, en pos de sus objetivos, los independentistas olvidan que no representan ni a la mitad de los catalanes, legislan a escondidas, desarman los mecanismos de control parlamentario y no dudan en quebrar la ley y, de paso, la confianza de quienes prefieren vivir en un Estado de derecho. Ítem más: cuando redactan sus leyes fundamentales del nuevo Estado restablecen en ellas peligrosas complicidades entre el poder ejecutivo y el judicial. En algún momento, a las sonrisas y el pacifismo indepes les relevaron la arrogancia y la unilateralidad.
Dicho de otro modo, los indepes viven en una burbuja, fuera de la cual, a su entender, no hay salvación: ya asimilan discrepancia a traición. Y los que no lo son han sido incapaces de articular una respuesta sólida y libre de tics sospechosos o de compañías desagradables. Lo cual no es fácil de entender, porque el número de catalanes que observan la deriva independentista con creciente alarma podría ser ya determinante. En suma, la razón ha sido sustituida por la bandera. Y la posibilidad de aceptar y respetar al otro se esfuma, porque la visión del otro se ha deformado a base de doctrina y agitprop.
Arrinconada la vía del entendimiento, Catalunya se ha convertido en escenario potencial para un cuento filosófico del siglo XVIII. El país está como para que resucite Montesquieu y escriba unas Cartas catalanas. O para que Voltaire ponga al día El ingenuo. No nos iría nada mal una visión exterior y crítica, aunque sea la del Gurb creado por Eduardo Mendoza. A estas alturas, no descarto que un marciano ajeno a la niebla que nos ciega pudiera diagnosticar el mal que sufrimos con mejor ojo clínico que el nuestro.
Sin embargo, no cabe esperar auxilio extraterrestre. El problema es nuestro y a nosotros nos corresponde resolverlo. Lo cual sólo puede alcanzarse hablando y negociando. Hacerse el sordo y nada más que el sordo, como Rajoy, puede ser injusto, resulta odioso y constituye un grave error político. Y sacar pecho, como Puigdemont, aunque lo haga con afán estratégico para afianzar su posición, puede traer efectos regresivos. 
Dentro de un mes, diga lo que diga la hoja de ruta soberanista, es posible, e incluso probable, que Catalunya no sea un país independiente. Pero la reivindicación nacional catalana seguirá ahí, como el dinosaurio del cuento de Monterroso. Es más, quizás nos sobreviva a todos. Por tanto, los dinosaurios, los de aquí y los de allá, harán bien en sentarse a hablar y buscar un acuerdo. Aunque sólo sea para evitar llegar a las manos, para superar la visión sesgada del rival y de la realidad, y para restaurar a base de logros y cesiones la maltratada convivencia. Amén.

(Publicado en "La Vanguardia" el 3 de septiembre de 2017)