La mano que tapa la boca

19.05.2013 | Opinión

Enrico Letta, primer ministro y actual esperanza de una Italia que pasó dos meses sin gobierno, aparecía el martes en una foto hablando y tapándose la boca con la mano. Su interlocutor era Dario Franceschini, titular de Relaciones con el Parlamento, que no se la tapaba, pero que tampoco la exhibía, puesto que susurraba a la oreja de Letta y su rostro quedaba oculto tras el de este. ¿Se mostraban Letta y Franceschini tan reservados porque charlaban en una abadía y habían adoptado la discreción monacal? ¿O, sencillamente, estaban diciéndose algo que preferían ocultar al público?

Algo me sugiere que se trataba de lo segundo. Poco importa que el objetivo de su reunión fuera eliminar el impuesto sobre la primera vivienda y conceder ayudas a los parados, dos asuntos sobre los que tantos italianos esperan recibir noticias cuanto antes. Letta y Franceschini incurrieron en una práctica que se extiende entre los políticos, ya sean italianos o españoles. A la que detectan una cámara grabando, y tanto si están charlando en la mesa de un congreso, con el vecino de hemiciclo o en una recepción, bajan la voz y se llevan la mano a la boca, para que nadie pueda leer sus labios.

Este hábito -que recuerda al de quienes ocultan su boca con una mano mientras con la otra hurgan entre dientes con un palillo- tiene su explicación. Y es que en fechas recientes se ha pillado a más de un político en un rapto de franqueza; esto es, diciendo inconveniencias, que no se oían porque hablaba bajito, pero sí pudieron descifrarse leyéndole los labios. Así las cosas, se comprende que los políticos precavidos se tapen la boca con la mano al hablar con un cómplice, perdón, con un correligionario. Ahora bien, el gesto no es muy elegante, y menos aún en tiempos en que se llenan la boca -si previamente la han destapado- con mensajes en favor de la transparencia. Francamente, ese gesto está muy mal, y no augura nada bueno. Uno tiende a pensar que, en un mundo ideal, todo lo que dijeran los políticos debería ser apto para menores. Al fin y al cabo, su trabajo consiste en administrar lo mejor que sepan los intereses comunes. Y si atendieran tal prioridad, sin tolerar la interferencia de intereses particulares (y, de paso, dejaran de apuñalarse mútuamente), no les haría falta recurrir al secreto. ¿Qué pensaríamos si el gerente de nuestra empresa bajara la voz y se tapara la boca al vernos? Pues, como poco, que nos quería ocultar algo. O, como mucho, que estaba cavándonos la tumba. ¡Ay!

Hoy en día se lleva mucho la política de gestos: ese repertorio de guiños inventados por los políticos para aparentar una conducta que, en realidad, no piensan seguir. Acaso creen por ello que todo gesto carece ya de valor. Sin embargo hay algunos, más primarios que elaborados, como el de taparse la boca, que dan muy mala espina. Y que ahondan la brecha, ya profunda, entre los cargos electos y sus electores.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 19 de mayo de 2013)