Se cumplirá en marzo un año del inicio del despliegue de tropas rusas ante la frontera nororiental de Ucrania, percibido como la antesala de la invasión del país. Ese despliegue ha incluido 100.000 soldados, carros de combate, armamento pesado, misiles y demás impedimenta. En junio hubo una retirada parcial de tropas. En octubre y noviembre, se desplegaron de nuevo. Esta semana se ha producido otra retirada parcial y se ha anunciado un repliegue mayor… En cada una de estas fases, el Kremlin ha parecido manejar la crisis ucraniana a su antojo.
Desde hace meses, esta crisis disputa a la pandemia las portadas de la prensa mundial. Hemos asistido así en directo a una versión campestre, prolongada y gélida del desfile del Primero de Mayo en la plaza Roja de Moscú. Los militares han cambiado el uniforme de bonito por el de campaña, condenados a pasar frío durante unas interminables maniobras. Aunque, en lo esencial, una cosa y otra han sido lo mismo: una exhibición de poder, más aparatoso que sólido.
El departamento de prensa del ministerio de Defensa ruso ha trabajado a destajo para surtir a los medios de fotos de su despliegue en estepas blancas y bosques brumosos; de fotos tomadas sobre el terreno o con el auxilio de drones o desde satélites (estas últimas, gentileza del enemigo). La OTAN no ha querido ser menos y ha contraatacado con imágenes de aviones y navíos de guerra rumbo a las inmediaciones del hipotético escenario bélico. Ucrania ha difundido fotos de ciudadanos haciendo instrucción con fusiles de madera. Todos han exhibido como han podido su fuerza. De momento, no ha habido muchos tiros. Pero Putin ya ha ganado la batalla de la construcción de la amenaza y el miedo.
No puede decirse que Putin sea inofensivo. En el 2014 se merendó Crimea en tres semanas. Y luego propició la guerra del Donbass, que se presenta como de baja intensidad, aunque ya lleva 14.000 muertos y sigue coleando. Pero está por ver que inicie una invasión de Ucrania en toda regla, con toma de Kíev incluida. Porque, pese a habernos enseñado tantas fotos, quizás le falten fondos para eso: su gasto militar es catorce veces inferior al de EE.UU., y su PIB es parecido al de España.
Suele decirse que quien construye el relato domina la escena política. Eso es lo que ha querido hacer Putin al decirnos con su agresividad que Rusia es aún una gran potencia, capaz de desafiar a EE.UU., la OTAN, la UE... El suyo no es un relato de nuevo progreso, sino de viejo expansionismo, de agresión al vecino, de negación de su derecho a elegir el destino, de amenaza global. Y Occidente, prudente o sin iniciativa, ha ido a remolque. Pase lo que pase ahora, Putin ya ha normalizado su discurso chulesco. Y todo gracias a la guerra de las fotos. De momento.

(Publicado en "La Vanguardia" el 20 de febrero de 2022)