De quién son las palabras? No son de nadie y son de todos. Pero tienen historia y están connotadas. Es decir, acarrean significados que las asocian a usos anteriores y quizás contaminen el uso que nos proponemos darles ahora. Pongo un ejemplo: el lema “Furia feminista”, escrito entre dos hogueras en la pancarta que abrió la manifestación del día internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, el pasado 25 de noviembre en Barcelona.
La furia, nos dice María Moliner en su diccionario, es “el enfado muy violento contra algo o alguien”. Entiendo que con ese anuncio de furia feminista no se quiere agredir a nadie, sino expresar el hartazgo e incluso la ira de quienes combaten la violencia de género. Pero ¿son las hogueras y “el enfado muy violento” parte de la solución?
Las palabras –insisto– y las cosas llevan en sí viejos significados. Furia evoca aún el sustantivo asociado desde 1920 al adjetivo española y utilizado para describir la garra de la selección nacional de fútbol. Entonces los jugadores, cortos de técnica individual o de estrategia colectiva, lo fiaban todo al coraje y el pundonor para meter un gol, aunque fuera a trompicones.
Si retrocediéramos en el tiempo, el término furia desvelaría significados aún más inadecuados a su uso feminista. Porque la furia futbolística hundía raíces semánticas en la furia de los españoles privados de su soldada que saquearon Amberes en 1576. Y esa fue una furia asesina, de bochornoso recuerdo, en la que los lugareños, y sobre todo las mujeres, sufrieron crueldades horripilantes. Es lo que tiene la furia: conocemos su causa, pero pueden sorprendernos, y no para bien, sus efectos últimos.
A algunos quizás les parezca una frivolidad fijarse en las rémoras de las palabras cuando en lo que va de año han sido asesinadas en España 37 mujeres, víctimas de la violencia de género. A otros no les resultará incompatible. Diría que la mayoría de los ciudadanos (excepto un remanente de pitecántropos) ya consideran tan obvio que hay que tratar de erradicar la violencia de género como que hay distintas maneras de denunciarla, y que unas serán más afortunadas y efectivas que otras. Así parece indicarlo el análisis comparativo de los anuncios institucionales publicados en prensa ese mismo 25 de noviembre.
Por ejemplo, el anuncio de la Generalitat, patrocinado por su Departament d’Igualtat i Feminismes, que dirige Tània Verge. El lema de este anuncio es de una grosería que chirría con su carácter oficial. Nos dice en mayúsculas: “Ni biología ni cultura ni prejuicio ni broma ni hostias”, apuntando a ámbitos desde los que algunos intentarían justificar actitudes hostiles hacia la mujer. Digo grosero porque hostias es un sinónimo grosero de golpes –podría tener aquí otro sentido: cuentos, monsergas– y porque poner en plano de igualdad cultura, broma y hostias es una reducción grosera, que yerra al acotar el problema y no contribuye a resolverlo.
Un anuncio concebido con el mismo fin puede ser menos furioso, pero no por ello menos efectivo. Por ejemplo, el del Ministerio de Igualdad, dirigido por Irene Montero, que enfoca desde otro ángulo la violencia de género, nos invita a “Practicar los buenos tratos” y se ilustra con la foto de una pareja razonablemente bien avenida (también las hay). Además de tales anuncios, hubo otros. Como el del Ayuntamiento, que, con el lema “Barcelona antimasclista” y un diseño confuso, asemejaba el machismo a un incendio descontrolado. O el de Transports Metropolitans, que en tono vehemente pero no tabernario atacaba el asedio sexual en bus y metro.
Todos estos anuncios perseguían un mismo fin. Pero lo hacían con matices distintos. ¿Cuál logrará mejor resultado? Esa es la cuestión. Las causas más justas –y la erradicación de la violencia de género es una de ellas– deben defenderse con firmeza, pero también con persuasión, avanzando hacia una educación igualitaria, anteponiendo la busca del acuerdo al tono pendenciero. La seducción daría quizá mejores frutos que el “enfado violento” que Moliner asoció a la furia. Y eso los defensores institucionales de causas justas no pueden olvidarlo.
Las palabras no son de nadie. Pero definen a cada cual en función de cómo las emplea.

(Publicado en "La Vanguardia" el 5 de diciembre del 2021)