Observen con atención, por favor, la foto que ilustra este texto. Se publicó en la sección de Política de La Vanguardia el miércoles. En ella, los diputados de Junts pel Sí aplauden al presidente de la Generalitat después de escuchar su discurso, en el que proclamó (con boca pequeña) la independencia de Catalunya y, acto seguido, la suspendió. El 10-O era el día en que se debía coronar la cima del proceso soberanista. Pero si miran los rostros de la foto verán que su expresión no es de victoria ni de alegría. La mueca de Carles Puigdemont es la de quien resopla extenuado tras caminar por un sendero angosto, con precipicio a ambos lados. Como lo es la de Raül Romeva. El desaliñado Oriol Junqueras parece ausente. Marta Rovira está enfadada y no lo oculta. Por su expresión, diríase que algún diputado está a punto de llorar. Otros miran atrás. Tan sólo dos, entre una treintena, esbozan tímida sonrisa. En la hora de la celebración que acompaña a todo nacimiento prima la gravedad de la agonía. A esa hora, en la calle, la decepción de los independentistas era patente; y su frustración, conmovedora.
No es previsible que la causa nacional vaya a morir. Ni pronto ni tarde. Ya dijo Vicens Vives que la voluntad de ser es el primer resorte de la psicología catalana. Pero el proceso soberanista iniciado en el 2012 boquea. El plazo del requerimiento de Rajoy a Puigdemont para que le aclare si la proclamación del martes iba en serio expira mañana. Si responde con un sí, se aplicará el artículo 155 y se reducirá el autogobierno catalán. Final del proceso por decreto centralista. Si responde con un no, certificará la defunción de este proceso. Final por decisión propia. Siempre cabe esperar, eso sí, una nueva astucia, ahora en pos de otra prórroga y vestida de invitación al diálogo. Casi todos estamos a favor del diálogo. Unos, dentro de la ley. Otros, a partir de su ruptura. Quizás por eso el soberanismo denomina ya tal prórroga “tiempo muerto”; es decir, detenido, sin vida. Pero Madrid no admitirá una argucia más. Queda la alternativa de la movilización callejera. Esa sería la peor insensatez del soberanismo: descontrolaría el conflicto, dispararía su potencial catastrófico, agravaría la fractura social y no le acercaría a su meta: no es posible una victoria militar, ni siquiera guerrillera, por más que delire ese Estado Mayor en la sombra del proceso que ha contaminado y dilapidado con sus ilegalidades la ilusión de la gente.
Este proceso empezó mal. Artur Mas lo alentó sin base suficiente, dispuesto a arriesgar el patrimonio común de la convivencia en un mercado de futuros electorales. La apuesta hubiera sido ya temeraria si todos los catalanes la hubieran respaldado. Él la hizo dejando en la cuneta a la mitad. ¿Por qué? Pues porque creyó llegada la hora de decir basta. Grave error: el político debe hacer política midiendo sus fuerzas y, si no bastan, debe esperar mejor ocasión para negociar. En democracia, no hay otra. Además de la voluntad de ser catalana, Vicens Vives tipificó la nefasta influencia del prou! –más arrogante que inteligente– en nuestra historia; y cómo nos aboca a una era de decadencia cuando gozábamos de una de recuperación.
El balance, a día de hoy, es el de una decadencia. No hay independencia. Vivimos en parte intervenidos, a punto de estarlo más. La clase política entra y sale –de momento– del juzgado. El Estado no negociará nada fuera de la Constitución, y eso excluye la independencia. Los bancos catalanes se han ido. (¿No advirtió Pujol, factótum de Banca Catalana, que no se podía construir un país sin bancos?). La mayoría parlamentaria independentista se agrieta. La ilusión del soberanismo convive ya con la decepción; el entusiasmo, con la fatiga.
Todos esos síntomas señalan que el ­proceso agoniza. Otros nos indican que nuestro bienestar ha enfermado. El tejido empresarial, grande, mediano o pequeño, traslada sus sedes a Madrid. Se ha emborronado la imagen y el atractivo internacionales de Catalunya y de su motor, Barcelona. La inversión foránea está congelada. Cae el consumo interior. El temor se extiende… Catalunya está peor que hace seis meses. Y puede empeorar más.
El soberanismo no quiere admitirlo. El vicepresidente económico Junqueras, ayuno de sentido crítico, minimiza los daños. Esta semana llegó a declarar que el proceso es “una obra de arte”. ¿Se encuentra bien? Es hora de asumir la realidad: se está empobreciendo y dividiendo al país, alejándolo de Europa. Es hora de dar cuidados paliativos al proceso para abreviar su agonía. Es hora de confiar la sociedad a otros doctores para que la vitaminen e impidan males mayores. Hacen falta ideas y vías para construir el futuro de Catalunya. Pero no son las que han dejado con esas caras a los diputados de la foto adjunta.

(Publicado en "La Vanguardia" el 15 de octubre de 2017)