Una cosa es un adversario, al que incluso se puede tratar con cortesía o nobleza. Otra cosa es un rival, que no suele caernos bien porque compite con nosotros por el mismo objetivo. Otra distinta son los enemigos, a los que se les desea que sufran daños y, llegado el caso, se trata de infligírselos personalmente. Y luego están los exterminadores, de los que es mejor alejarse, porque no dudan en excluir o en destruir totalmente, y suelen hacerlo al por mayor o de continuo, como depredadores natos que son.
Manténganse alejados de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Quienes se cruzan en su camino político pueden sufrir graves desperfectos. Bien lo sabe Pablo Casado, que pasó de gran esperanza de la derecha a juguete roto en pocos días de refriega cainita. La propia Díaz Ayuso no esconde su capacidad para abatir adversarios políticos. Al contrario, alardea de ella. “España me debe una, hemos sacado a Pablo Iglesias de la Moncloa”, declaró después de que el dirigente izquierdista abandonara la vicepresidencia del Gobierno para combatir a la derecha en la Comunidad de Madrid. Tras esos comicios, Iglesias se apartó de la política. Y Díaz Ayuso se afianzó, añadiendo a su panoplia de trofeos de caza la cabeza del líder de UP.
Me equivoqué con Díaz Ayuso. En los tiempos de la foto de Colón –cuando declaró que el número de participantes en la manifestación de las tres derechas habría sido mucho mayor si hubieran asistido los que se quedaron en casa–, me pareció que era una política absurda. Ahora me parece que es, además, peligrosa. Quizás su evolución sea fruto del fichaje como jefe de gabinete y estratega, en el 2019, de Miguel Ángel Rodríguez, exportavoz del gobierno de José María Aznar, con quien por cierto mantiene buenas, frecuentes y acaso aleccionadoras relaciones. Rodríguez no ha dudado en animar a Díaz Ayuso a poner el PP patas arriba. Ni ella en hacerlo, con esa mezcla de mohines de ingenua, desplantes de chulapona y determinación de serial killer que la convierte en arma de destrucción masiva. 
Díaz Ayuso gobierna la Comunidad de Madrid, pero tiene los ojos puestos en la Moncloa y ejerce como una jefa de la oposición a Pedro Sánchez. Es como si un equipo de Segunda quisiera ganar el campeonato de Primera. El lunes pasado reclamó la dimisión en bloque del Gobierno y acusó a su presidente de “romper consensos”. Días antes, se había sacado de la manga un sistema de acogida de refugiados ucranianos, alternativo al gubernamental. Y antes había pedido la expulsión del PP de todos los que habían cuestionado su honorabilidad, sobre la que, por cierto, caben dudas tras los créditos públicos concedidos a su padre o las comisiones por contrata pública obtenidas por su hermano. Díaz Ayuso va a por todas y va con todo, caiga quien caiga. Lo cual enamora al electorado madrileño más populista, que la adora, le ve todas las gracias y no repara en sus flaquezas ni en su ambición sin fundamento... Está bien aspirar a lo máximo, pero para eso conviene estar entre los más preparados y los mejores. Y no es el caso. Ni de lejos.
Jordi Évole pidió hace un par de semanas a Felipe González que definiera a Díaz Ayuso. El expresidente del gobierno, prudente, evitó hacerlo. Se limitó a decir que no la veía en la esfera europea. O sea, Felipe no la creía capaz de hacer buen papel lejos de su hinchada capitalina, ante un público con otra cultura y otra exigencia políticas.
¿Por qué no? Pues quizás porque Díaz Ayuso hizo una gestión temeraria de la pandemia. Porque la persiguen préstamos y comisiones familiares. Porque  trata de ocultar eso denunciando contratos de sus rivales ante la Fiscalía. Y, peor aún, porque ha conseguido demostrar que en el PP, que perdió el poder por la corrupción, quienes viven en contacto con ella aún sobreviven a quienes la denuncian.
A Feijóo, nuevo líder del PP, elegido el lunes con el 99,6% de los votos, Díaz Ayuso le ha prometido lealtad. También se la prometió a Casado, con quien inició en el PP hace veinte años su vida laboral. Luego a Casado le pasó lo que les pasa a amigos, rivales, adversarios o enemigos al topar con un exterminador. Con alguien que no ve la política como un terreno para debatir y consensuar, sino para humillar y conquistar.

(Publicado en "La Vanguardia" el 27 de marzo de 2022)