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La destrucción constructiva

10.08.2013 | Crítica de arquitectura

A la hora de restaurar un viejo edificio hay dos opciones. Una es el mimetismo a ultranza, que intenta dejar la obra como si el tiempo no hubiera pasado por ella, aún a riesgo de confundir lo antiguo con los retoques. Por ejemplo, el aplicado a la iglesia románica de San Martín, en Frómista (Palencia), que quedó tan hermosa como un juego infantil de construcciones a escala 1/1. La opción contraria consiste en marcar claramente, violentamente incluso, las diferencias entre lo viejo y lo nuevo. Por ejemplo, lo hecho en la iglesia del Convent de Sant Francesc, en Santpedor, recuperada el año pasado.

Al arquitecto David Closes le pidieron años atrás que echara un ojo a este templo, levantado por la orden franciscana con escasos medios en el siglo XVIII, y diera su opinión sobre si valía la pena transformarlo en equipamiento cultural. La edificación estaba hecha polvo: un palmo de excrementos de paloma cubría el suelo de la nave central y el techo había cedido sobre el presbiterio y sobre una capilla lateral, permitiendo la entrada de generosos chorros de luz donde antes no ingresaba más que por dos pequeños rosetones. Otro se hubiera echado atrás. Pero a Closes le gustó la calidad espacial del interior y, sobre todo, vio en la destrucción de la cubierta un hecho constructivo: “esos derrumbes –dice- me dieron el proyecto hecho”. Es decir, Closes estimó que su principal misión, una vez saneada y consolidada la estructura, pasaba por fijar mediante unas cajas vidriadas aquellas entradas de luz accidentales. Esa fue una decisión inteligente, muy bien rematada sobre el altar.

El otro rasgo definitivo del proyecto es un núcleo de comunicaciones verticales, que para no robar espacio a la nave el arquitecto colocó en fachada, recurriendo a una caja de vidrio de formas irregulares, que comunica con unos elementos interiores de hormigón, una pasarela y unas empalizadas de madera que permiten varios trayectos. El deseo de distinguir lo nuevo de lo viejo quizás fue aquí un poco lejos, puesto que la armonía es escasa entre la sobria arquitectura franciscana y este gesto añadido de lejanos ecos mirallesianos. Más sobrios son los elementos en cruz que dentro y fuera del templo sostienen iluminación e instalaciones.

Entre el mimentismo a ultranza o la búsqueda de la diferencia irreconciliable, el mundo de la restauración ofrece un camino del medio que puede dar grandes frutos. Por ejemplo, la restauración del Neues Museum de Berlín llevada a cabo por el británico David Chipperfield.

(Publicada en “La Vanguardia” el 10 de agosto de 2013)