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La cordillera nevada de Szczecin

24.03.2016 | Crítica de arquitectura

Filharmonia
Arquitectos: Barozzi y Veiga
Ubicación: Szczecin (Polonia). Malopolska, 48
 
Cuatro años después de inaugurar sus dos primeros edificios notables –el auditorio de Águilas (Murcia) y la DO Ribera del Duero en Roa (Burgos)–, Barozzi y Veiga ganaron, el pasado mayo, el máximo galardón arquitectónico europeo. Su Filharmonia en Szczecin (Polonia), un auditorio musical con aspecto de cordillera nevada, mereció el premio Mies van der Rohe. Y lo hizo ante rivales no menores, como el Museo Marítimo de Dinamarca, obra de BIG en Helsingor, o la bodega Antinori en San Casciano Val di Pesa (Italia), de Archea Associati, dos obras integradas en construcciones preexistentes, o en el propio solar, con escasa presencia sobre cota cero. Dicho en otras palabras: en tiempos de recesión y contención, una propuesta icónica se imponía, quizás contra pronóstico, a otras de apariencia más discreta. Barozzi y Veiga, equipo afincado en Barcelona, alcanzaban así, a edad muy temprana –entonces tenían 38 y 41 años, diez menos que los anteriores ganadores más jóvenes del Mies–, y por la vía menos sencilla, la cumbre de la arquitectura continental.
¿A qué se debe esta progresión meteórica? Barozzi y Veiga suelen decir que tratan de hacer una arquitectura sustantiva, no adjetiva; en la que los valores arquitectónicos mayores –materialidad, espacio, relación con el medio, proporción– pesen más que los coyunturales. Eso, por una parte. Por otra, tratan de hallar un equilibrio entre la especificidad del lugar y la autonomía formal de su obra. En Szczecin, como antes en Águilas o en Roa, lo han hecho con éxito. El edificio de la Filharmonia viene a ser un destilado y una abstracción formal de algunos de los edificios característicos de esta ciudad polaca, que se distinguen por sus torres de remate afilado. Puede decirse, pues, que la Filharmonia reconoce un entorno y en cierta medida se mimetiza con él. Pero también que apuesta con toda desinhibición por un volumen singular e inédito.
Esa es quizás la primera sorpresa que reserva el edificio al visitante: su blanca e imponente corporeidad en un contexto historiado, gris, como de urbe española de los años setenta. La segunda se produce al ingresar en su enorme y discreto vestíbulo, que contrasta con la afirmación del alzado exterior. Un gran espacio blanco, cuya altura es casi la del edificio, con una escalera convencional a la izquierda y otra de caracol a la derecha, por las que se accede a la sala filarmónica (de 953 plazas) y a la sala de cámara (de 192).
La tercera sorpresa es la mencionada sala filarmónica, la cámara del tesoro, en este caso musical. Allí el blanco es sustituido por el negro de los paneles laterales y por el dorado que reviste un techo de composición fractal; así, la frialdad de los espacios previos deja paso a la sensación de calidez y confort. Esta secuencia de tres planos, que producen en el visitante sensaciones espaciales distintas, pero siempre poderosas, e incluso conmovedoras, se complementa con la atención que Barozzi y Veiga prestan a los detalles. Por ejemplo, los sutiles retranqueos de las dos fachadas del edificio, que le dan ligereza y dinamismo. O el modo en que entregan al suelo su revestimiento, a unos centímetros del mismo, evocando un telón. O la sala de exposiciones que los autores se sacan de la manga en el nivel superior. O el patio interior que da luz cenital a la oculta zona de oficinas. O la colocación de las escasas ventanas –tres- del edificio, que enmarcan fragmentos urbanos escogidos…
La Filharmonia ofrece ahora su segunda temporada musical, con conciertos casi diarios y un alto nivel de ocupación. Pero parece presidir su enclave urbano desde hace ya mucho tiempo, enviando un mensaje de futuro, ante la plaza que en 1970 fue escenario de la sangrienta represión policial de las protestas sindicales. En ella se ha construido, tras la Filharmonica, el museo de historia local, donde se rememora aquella masacre. Lo firma Robert Konieczny, que ha prefe-rido soterrarlo, dibujando apenas unas suaves ondulaciones en la plaza, como si en lugar de querer rivalizar con la obra de Barozzi y Veiga hubiera preferido rendirle pleitesía.

(Publicada en “La Vanguardia” el 24-25 de marzo de 2016)