Hoy a medianoche acabará una campaña para el olvido: la de las elecciones madrileñas del 4-M, que quizás se recuerde como la campaña de las balas. En su transcurso, varios políticos han recibido proyectiles (de momento, envueltos en sobres acolchados), cosa que a muchos nos ha dejado mal cuerpo. También se ha caracterizado esta campaña por los modos excluyentes y chulescos de la candidata de Vox. Por el lanzamiento de adoquines, ladrillos y piedras a los de Vox por parte de antifascistas. Por las simplezas de la candidata popular. Y por un extendido y preocupante mal rollo, que nos  inducen a pensar que vamos a peor.

La candidata de Vox le dijo al de Unidas Podemos: “!lárgate!” Y el aludido se levantó y se fue de la radio donde debatían. Algunos políticos, de deficiente cultura, aún ignoran que la democracia es un sistema en el que conviven personas de ideologías distintas. Sin necesidad de echar a unos ni de apedrear a otros. Y luego están los otros políticos, menos cainitas y con mejor comprensión de lo que es la democracia. Pero no siempre brillantes, y que a menudo parecen darle la razón al editor británico Ernest Benn cuando decía: “la política es el arte de buscarse problemas, encontrarlos en todas partes, diagnosticarlos mal y aplicarles soluciones inadecuadas”.

Donald Trump, que cuadraba en este tipo de política, y acaso en otras peores, dedicó parte de su presidencia a tratar de desprestigiar a la prensa, en particular a The New York Times. Él lleva ahora vida de jubilado en Florida. Y el Times, que ya cuenta con 7,5 millones de suscriptores digitales, y sigue subiendo, mantiene su código ético, pero no por ello deja de evolucionar. Esta semana, al explicar unos cambios en la sección de opinión, recordaba los principios que debe observar cualquier colaborador que publique allí sus ideas, indistintamente de cual sea su filiación: “respetar las reglas de la gramática y el estilo; poseer cierto nivel de calidad argumental, pensamiento lógico y retórica convincente… Y participar del  afán de progreso, amabilidad y humanidad compartida”.

En el Times piden eso. Saben que la variedad de opiniones es el alma de la democracia. Y que quienes insisten en que todos deben pensar como ellos son una amenaza para el régimen de libertades. Y también que, por desgracia, muchos artículos de opinión –publicados en EE.UU.  o en España– proponen conductas que no casan con la libertad ni los buenos modos ni la moderación ni la honestidad.

Acabo con dos ruegos, uno para mí y otra para los políticos tóxicos que, como decía W.L. Melbourne, valoran a “los seguidores que les apoyan cuando yerran, porque cualquiera puede apoyarles cuando aciertan”. El ruego para mí es tratar de seguir escribiendo sin morderme la lengua ni dañar la convivencia. El que hago a los políticos es que sigan las pautas que el Times pide a sus autores.

 

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 2 de mayo de 2021)

 

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