Jubilar es sinónimo de lanzar gritos de júbilo, de alegrarse. También significa retirar a un empleado del ejercicio de sus funciones por haber alcanzado la edad reglamentaria o por enfermedad, asignándole una pensión. Muchos trabajadores asocian el periodo de jubilación a una especie de libranza indefinida. De ahí, también, la acepción referida al júbilo. Pero dado que la pensión no da para descorches, y además tiene un futuro incierto, el júbilo viene acompañado de una preocupación que se resume así: ¿cómo voy a vivir hasta que me muera?, ¿con qué tipo de estrecheces?
El sistema público de pensiones es, dada su deficitaria tesorería, una bomba de relojería. Ahora bien, todos los partidos saben que no pueden reformarlo drásticamente sin arriesgarse a perder las próximas elecciones. Del mismo modo que saben que en su configuración actual es insostenible. Basta con un dato para acreditarlo: en España hay ahora unos 18 millones de personas activas que cotizan a la Seguridad Social y unos nueve millones de personas en edad de jubilación: por cada una que cobra hay dos que pagan. En el 2050, se prevé que la proporción será de una por una. Por tanto, si hay menos cotizantes y más beneficiarios de la Seguridad Social, aquellos deberán aportar un poco más.
Antes de las vacaciones, al ministro de Inclusión y Seguridad Social, José Luis Escrivá, le cayó la del calamar cuando afirmó que los baby boomers deberían retrasar el retiro para evitar una rebaja en su pensión. Eso fue el 1 de julio, tres días después de que se alcanzara un acuerdo con los agentes sociales sobre el primer tramo de la reforma del sistema de pensiones. El segundo tramo se abordará en otoño y será más difícil.
Aun así, si no queremos que la Seguridad Social recorte sus pensiones a los jubilados, retrasar un poco la edad de retiro parece inevitable. La medicina hace milagros, y la expectativa vital española es una de las más altas del mundo, superando ya los 83 años. Y todo indica que irá a más: ha crecido ocho años en los últimos cuatro decenios y se espera que haga otro tanto en los cuatro próximos. Añádase a eso que la tasa de fecundidad no levanta cabeza en España –está en 1,2 hijos por mujer, cuando en 1975 era de 2,8– y añádase el alto desempleo, y se advertirá que el número de cotizantes sigue y sigue a la baja.
De manera que esas prolongaciones de la vida laboral, cuya aplicación gradual está aprobada desde hace años en nuestro país, no parecen muy objetables. Además, son moneda corriente en Europa. Francia ha extendido la edad de jubilación a los 62 años –ya no–. Pero buena parte de los países europeos apuntan ahora a los 67 años. Lo cual puede parecer una faena cuando uno se acerca a los 65, lleva muchos años trabajando y tiene ganas de bajar la persiana y dedicarse a otra cosa. Pero también puede ocurrir que uno esté en buena forma y le guste trabajar y seguir en ello.
En todo caso, el mayor problema no es la aceptación de ese periodo de trabajo extra. No lo es para el trabajador que es invitado a alargar su vida laboral ni para la sostenibilidad del sistema de pensiones. El gran problema es en nuestro país el que sufren los más jóvenes debido a la precariedad laboral. Ese puede ser el detonante de la bomba de relojería mencionada más arriba. Y puede serlo pronto, dentro de una o dos generaciones. El paro juvenil ronda en España el 38%, doblando la media europea y multiplicando por seis la alemana. Y, entre los que trabajan, el 40% lo hace con contratos precarios y el 50% recibe un sueldo por debajo del salario mínimo. La capacidad de esta masa de trabajadores discontinuos para ganarse la vida, cotizar y generar recursos para la Seguridad Social es deficiente. Y los efectos que eso tendrá para nuestras pensiones y, más aún, para las suyas son tan previsibles como alarmantes.
Para esos jóvenes –por no hablar del millón de ninis (ni estudian ni trabajan)–, no hay júbilo razonable en el presente. Y probablemente no lo habrá cuando se jubilen, tras una vida laboral deprimente. Dicho sea todo ello sin ánimo de amargarle a nadie las vacaciones. Pero sí con el de recordar que tenemos problemas mucho más graves que los derivados de prolongar la vida laboral y, sobre todo, más graves y  acuciantes que aquellos a los que nuestros líderes dedican tantas horas baldías.