La bola de espejos

31.07.2016 | Opinión

La muerte de Muhammad Ali, a principios del mes de junio, atrajo la atención mundial hacia Louisville, su urbe natal. Pero el boxeador que bailaba como una mariposa y picaba como una abeja no es el único orgullo de la mayor ciudad del estado de Kentucky. En esa lista figuran también Slugger, la renombrada fábrica de bates de béisbol de Estados Unidos, marcas de bourbon legendarias como por ejemplo Jim Beam, el Kentucky Derby (una de las principales competiciones hípicas norteamericanas) y… la bola de espejos, conocida asimismo como bola de discoteca.

Antes de la masificación de los ligues por internet, que en nuestra época han permitido dejar atrás la soledad incluso a los más tímidos, la gente se enrollaba, principalmente, en las discotecas. En mi recuerdo de dichos locales se mezclan bafles inmensos, palpitantes y atronadores, oscuridad, chicas guapas, copas, neones, máquinas de humo y perfumes de tabaco y de humanidad. Pero sobre todos estos elementos brillaba, y nunca mejor dicho, la disco ball: una esfera rotatoria, multifacética, cubierta de espejitos, a la que apuntaban focos cuyos rayos lumínicos atomizaba y reflejaba, proyectando una lluvia de estrellas fugaces sobre la sala y sus ocupantes.

La bola de cristal permanece en la memoria de varias generaciones como un benéfico sol nocturno, como una luna eléctrica bajo cuyos destellos se bailaba y se intimaba. Este objeto tenía y tiene la virtud de crear atmósferas encantadas, como de cuento de hadas, y proporciona un escenario rutilante para las educaciones sentimentales (también mareos, si se mezclaba con demasiado alcohol). No me parece extemporáneo evocarlo, con un punto de nostalgia, en estas fechas en las que muchos ciudadanos inician los días de vacaciones, seguidos de sus noches prometedoras.

Otros rindieron tributo a este artilugio antes que yo. En la película Saturday night fever, la bola de cristal tenía un papel casi tan importante como el personaje interpretado por John Travolta. Yes, The Grateful Dead, Pink Floyd y otros grupos de relumbrón acompañaron sus giras con bolas de espejos de buen tamaño. Madonna quiso distinguirse de todos ellos revistiendo la suya de cristales Swarovski valorados en una millonada. (¿Quién dijo que el horterismo de Travolta era insuperable?).

Y la ciudad de Louisville, que en los años de la fiebre disco fue la gran productora de este artilugio, acaba de reivindicarse como tal plantando una bola de espejos de casi cuatro metros de altura en una de sus calles, a modo de monumento local, y ha declarado el primero de abril de cada año como Disco Ball Day.

En adelante, pues, la misma jornada en que los franquistas celebraban en España su victoria, Louisville festejará su autoproclamada condición de capital de la bola de discoteca. El progreso nunca se detiene.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 31 de julio de 2016)