Invitación a pensar

23.10.2016 | Opinión

Manuel Risques afirma que la exposición Franco, Victòria, República, Impunitat i Espai Urbà, de la que es comisario, “invita a pensar”. Yo, en su lugar, estaría ligeramente preocupado. Todo lo que ha invitado a pensar a algunos esta muestra, con su estatua decapitada de Franco, era si le tiraban huevos o tomates, si la pintarrajeaban o le escupían, si la derribaban –como finalmente ocurrió– o si la dejaban en pie para seguir vejandola... Lo que deben pensar quienes atacan esta muestra por su ubicación en el Born es que dicho equipamiento debería ser, en exclusiva, un santuario soberanista, como si en lugar de espacio público fuera su cortijo... Lo que dan que pensar sus promotores es que la atención constante al pasado propicia un presente colmado de episodios grotescos, que distan de fomentar la convivencia, y anuncian un futuro sobrepoblado de viejos demonios familiares.

Todo esto sucede en el Born, que durante años iba a convertirse en biblioteca –un equipamiento que sí invita a compartir y a pensar, sin distinción de filias– pero que se transformó después en sede del Tricentenari de 1714, altar sacrificial de la patria catalana, zona cero y centro de adoctrinamiento escolar. Así fue hasta que llegó al Ayuntamiento BComú, que decidió abrir el antiguo mercado de abastos a otras iniciativas. Luego ha resultado que alguna de ellas, como esta, sirve ante todo para que unos y otros desplieguen sus peores instintos y lleguen incluso a las manos. En mi opinión, esa es la auténtica y lamentable exposición resultante: un repertorio de conductas intolerantes o violentas. Y eso sí que invita a pensar. Concretamente, a pensar que la tendencia a censurar goza por aquí de mejor salud que la capacidad de proponer ideas de encuentro. Así se ha vuelto a ver con la absurda polémica sobre la retirada y posterior restitución del nombre de Juan Antonio Samaranch (notorio franquista y, también, artífice indispensable de Barcelona’92) de una escultura conmemorativa de los Juegos. Como si semejante gesto bastara para cambiar la historia o hacernos mejores.

La indignación y el insulto progresan entre nosotros. La mirada hacia un ayer plagado de errores los fortalece. La división social, que con tanto entusiasmo se alienta desde instancias públicas, también. ¿Sería mucho pedir que esta sociedad dejara de lamerse las heridas históricas y, aprovechando el mucho tiempo libre que ganaría, se dedicara a fomentar proyectos de futuro integradores y renovadores? Por mucha memoria histórica que le echemos, el pasado no se moverá. No por dedicarle exabruptos seremos más demócratas. ¿Por qué preocupa tanto la presencia, fosilizada, de ciertos símbolos franquistas y preocupa tan poco la deriva excluyente y pendenciera de algunos coetáneos? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que la continua conmemoración de pretéritas derrotas y humillaciones no hace sino perpetuar.

(Publicado en "La Vanguardia" el 23 de octubre de 2016)