¿Intelectual orgánico?

14.08.2016 | Opinión

El otro día me llamaron intelectual orgánico, con comillas en lo de intelectual. Doy las gracias por ello. Pero sospecho que esta calificación pretendía vehicular una doble ofensa. Intelectuales orgánicos eran antaño tipos como el periodista Emilio Romero, que con su pluma apoyaba al entonces vigente régimen franquista, del que obtenía prebendas. Relacionarme con Romero y sus pares constituye pues para mí una primera ofensa (además de una falsedad). La segunda ofensa tiene que ver con las comillas, que no ponen en duda mi supuesta condición de orgánico, pero sí la de intelectual. Ahora bien, este proyecto de ofensa no me ofende. No soy un intelectual al uso. He trabajado durante años como periodista cultural, eso sí. Y he publicado artículos de opinión con reflexiones críticas sobre quienes ostentan el poder, ya sea en Madrid o en Barcelona. Lo cual no me convierte en intelectual ni en orgánico.

Me llamaron intelectual orgánico en un comentario a la información de un diario digital sobre la publicidad que la Generalitat inserta en los medios catalanes. Según dicha información, el Grupo Godó es el principal receptor de publicidad pública. Y yo trabajo y he publicado artículos críticos con el aparato soberanista en La Vanguardia, cuya línea editorial es menos entusiasta con el “procés” que la de los medios controlados por el Govern. Por tanto, según la lógica parcial y grosera de mi calificador, yo sería un intelectual orgánico. Pero no lo soy.

Una de las varias víctimas del “procés” ha sido la posibilidad de establecer diálogos abiertos sobre la cuestión. Las posiciones están polarizadas y para la mayoría de sus partidarios la pertinencia del “procés” es indiscutible. En su defensa, todo parece valer, y la propaganda atropella al lenguaje y a la verdad. Así pues, me temo que lo que escribiré a continuación caerá en saco roto. Pero voy a escribirlo para rebatir un sambenito erróneo.

Para que yo fuera un intelectual orgánico harían falta varias premisas. Citaré tres. La primera, que quisiera serlo. Y no quiero porque, para mí, firmar en este diario es un privilegio y una responsabilidad que sólo se satisfacen cuando se opina con independencia. No le veo el sentido a escribir al dictado de un partido o un movimiento social o un régimen. La segunda premisa necesaria para que yo fuera un intelectual orgánico sería que trabajara al amparo y en defensa del poder vigente. No es así, sino al revés: trabajo en un medio de propiedad privada en el que colaboran, porque así lo quiere su dirección, intelectuales afines al “procés” y otros que no lo son, algo que no pasa por cierto –o sólo testimonialmente– en los medios públicos pagados por todos los catalanes. Y la tercera premisa sería que antepusiera un credo o una doctrina a mi reflexión crítica y argumentada sobre la realidad; una reflexión que desagrada a ciertas facciones, precisamente porque combate su afán de imponer sus planes a toda la sociedad.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 14 de agosto de 2016)