Inmigrantes multimillonarios

21.02.2016 | Opinión

Londres acaba de incorporar a su repertorio de atractivos el Tour de la Cleptocracia. Formalmente es un bus turístico al uso, como los fletados en tantas ciudades para que los turistas se hagan una rápida idea de sus encantos. Pero esta vez la ruta es peculiar. En lugar de recorrer catedrales, museos y otras joyas arquitectónicas, visita suntuosas residencias adquiridas hace poco por extranjeros inmensamente ricos. En este caso, por rusos que han acumulado su fortuna, a menudo de origen ilegítimo, con el beneplácito del régimen de Putin.

Cada ciudad muestra lo que puede. En Los Ángeles, los turistas se montan en autobuses que les pasean por Beverly Hills, donde admiran las mansiones de las estrellas de Hollywood. En el Bronx neoyorquino, tras el estadio de los Yankees, la ruta enlaza puntos donde los pandilleros cometieron sus fechorías, inmortalizadas por grafiteros en murales. Pero, por lo general, los turistas prefieren las historias de éxito y lujo: les atraen los brillos del dinero y el glamur, aunque les cieguen y les impidan distinguir su procedencia corrupta.

El Tour de la Cleptocracia recala en Witanhurst, un palacete de 28 dormitorios, el mayor de Londres ajeno a la familia ¬real. Es propiedad de Andréi Guriev, un oligarca afín a Putin, que lo compró por 50 millones de libras, y lleva gastados cientos más en su reforma. También pasa ante los dos apartamentos del viceprimer ministro ruso Ígor Shuválov, cerca del Parlamento, valorados en 11,4 millones de libras (cien veces su salario anual). Y circula por otros barrios, incluido Kensington, cuya plaza Belgravia ha sido rebautizada plaza roja, dada la profusión de plutócratas rusos allí afincados, como Román Abramóvich, propietario del club de fútbol Chelsea.

Se calcula que en Londres hay 37.000 propiedades inmobiliarias –un 10% de las de la zona central, con un valor global de 122.000 millones de libras– en manos de compañías sin rostro basadas en paraísos fiscales. Muchas pertenecen a cleptócratas; es decir, a dirigentes políticos y allegados que roban recursos nacionales a mansalva y blanquean luego su botín en dichos paraísos. A diferencia de los ya citados, muchos de esos cleptócratas no han sido identificados. Como no lo han sido otros que poseen casas y pisos en Nueva York, Miami o Barcelona; en ciudades donde una solícita red local de agentes inmobiliarios, abogados y bancarios, algunos de los cuales blasonan compromiso ético, les ayudan a transformar dinero sucio en lujosas residencias que son refugio físico, signo de estatus y segura inversión.

El sistema capitalista permite a algunos jóvenes hacerse ricos y a algunos ricos arruinarse. Pero su desigualdad creciente nos indica que está muy averiado, y que si aspira a sobrevivir debería regenerarse. Dicho esto, la riqueza no es censurable per se. A no ser que sea de origen ilegítimo, como la de los cleptócratas y asimilados.

No deberíamos permitir, impasibles, que estos sujetos corruptos exhibieran en las ciudades occidentales lo que robaron en sus países, donde el grueso de la población malvive. Ni admitir que, merced a un entramado societario y con el concurso de los paraísos fiscales, nos sean desconocidos y, por tanto, sigan impunes. Debemos exigir a nuestros gobiernos que se coordinen y legislen al alimón para perseguir estas prácticas que florecen al socaire de la ultraliberalización económica.

Cierto es que en España hay otras urgencias. La corrupción en el propio partido gobernante alcanza niveles masivos, obscenos y miserables, como ha revelado el baile de tesoreros y cuentas en Suiza, de sobres, trajes, bolsos y otros regalos de los “amigos del alma”. Pero todo –esto y aquello– se puede combatir con la ley. Y todo es empezar. Nueva York está mudando ahora su perfil urbano en Central Park, debido a la construcción de numerosas torres específicamente diseñadas para los superricos. Pero, al tiempo, EE.UU. ha legislado en la dirección correcta. “Cuando los cleptócratas saquean los tesoros nacionales y roban recursos naturales –declaró en el 2009 el fiscal general Eric Holder– están condenando a los niños de su país al hambre y la enfermedad (…). La recuperación de bienes saqueados es un imperativo global”. Suena demagógico, pero es exacto y necesario.

En Europa se habla mucho de los inmigrantes desarrapados procedentes, por ejemplo, de Siria. Y se habla poco de los inmigrantes multimillonarios que van ganando terreno en nuestras ciudades, con dinero a menudo sucio, sin necesidad siquiera de mostrar el pasaporte. Unos inmigrantes huyen de la guerra. Otros la azuzan, por activa o por pasiva. A unos quizás preferiríamos echarlos, a veces previa confiscación de sus escasos bienes. A otros les ponemos la alfombra roja. Europa, según han dicho desde Ortega y Gasset hasta Jean Monnet, no es una unión de países, sino de personas. ¿De qué tipo de personas?

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 21 de febrero de 2016)