Hace menos de un mes, el 17 de junio, Ricardo Bofill dio una conferencia en Barcelona. Este arquitecto, de carrera internacional sin par en el gremio barcelonés, no se prodiga en su tierra, donde dirige –en Sant Just– el Taller de Arquitectura desde hace sesenta años. Quizás por ello, el auditorio del Dhub se llenó. Bofill siempre da espectáculo. Con más de 81 años y convaleciente de un serio accidente automovilístico, el arquitecto repasó su carrera y aprovechó la ocasión para autorretratarse. Es decir, para exhibir su atlético ego, al que los años han dado una inesperada pátina de humildad, y lanzar algunas pullas. “Al mirar mis obras –dijo el Bofill humilde– solo veo sus errores. En la próxima trato de superarlos. Pero cometo otros, claro”. La carrera de Bofill arrancó en un lejano 1960 –tenía 21 años– con una casita para su tía en Cala Nova (Eivissa), de inspiración orgánica y vernácula, su “primera sensibilidad arquitectónica”. Siguió con el espléndido edificio de viviendas en el 26 de la calle Bach, en Barcelona. Y saltó a sus experimentos comunitarios, al calor de las revoluciones sociales de los 60 y los 70, lejos de su aborrecido bloque paralelepipédico de Le Corbusier (“era mala persona”). Esa fue, quizás, su mejor era, con edificios clásicos como La Muralla roja en Calpe o el Walden 7 en Sant Just. De ahí saltó a Francia, a su época neoclásica –o postmoderna–, desarrollando nuevos prefabricados y construyendo enormes conjuntos de vivienda (Les Espaces d’Abraxas en Marne ­La ­Vallée o Antigone en Montpellier).Y de ahí a EE.UU. –el West Wacker Drive y otros rascacielos en Chicago–. Y al mundo, incluida Barcelona, donde en los años en que mandaba Oriol Bohigas se tuvo por un proscrito, aunque luego firmaría obras de gran dimensión, como la T1 y la T2. “Lo que más me gusta de un proyecto –le dijo Bofill a Oscar Tusquets, en reveladora confidencia– es conseguirlo”. Bofill mostró también imágenes de sus actuales proyectos en China, Marruecos o Arabia Saudí –una impresionante apuesta por la monumentalidad–, ilustrando lo que había dicho al iniciar la charla: “sólo sé hacer dos cosas: diseño urbano a gran escala e ir creando lenguajes arquitectónicos distintos”. Ese era el Bofill humilde. Que se combinó con el Bofill peleón, indomable. “No me han dado el Pulitzer –curioso lapsus: seguramente se refería al Pritzker– por una cuestión de envidias”. “No le entiendo –dijo a un espectador en el turno de preguntas–: Bohigas hizo tan bien este auditorio que resuena”. “Tengo una relación familiar con Barcelona, no quiero problemas… si bien el desastre que estamos viviendo –en alusión a la alcaldesa Colau– es colosal. Pero, vaya, no quiero pelearme. ¡Ni siquiera con Bohigas!”.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 11 de julio de 2021)