Ya en el siglo pasado –disculpen la autocita– definí a Madonna como la neolagarta. Es decir, como la versión puesta al día de la mujer astuta, taimada, capaz de cualquier cosa con tal de acumular apariciones en la prensa y la tele para ganar celebridad, divisa codiciada. Ahora estoy en deuda con Madonna: desde entonces, ha confirmado con sus sucesivos excesos mi definición.
Para construir su imagen pública, Madonna ha buscado sin parar los impactos mediáticos, basándose de entrada en la transgresión primaria, que tanto excita a los papanatas. Luego, explotado ese filón, recurriendo a la apropiación indecorosa de la imagen de figuras que se labraron la suya a pulso.
La religión y el sexo fueron para Madonna tierras de cultivo fértiles. Consiguió una rentable condena del Vaticano, que la acusó de blasfema por su vídeo Like a prayer (1989). Simuló masturbarse en escena durante su Blond ambition tour (1990). Cantó en una cruz –con micrófono incorporado– en su gira As part of her (2006), escandalizando a los meapilas. Y, para que no quedaran dudas, en 1992 publicó el libro Sex, en el que protagonizaba imágenes explícitas para proclamar su condición de depredadora pansexual e insaciable consumidora de bollycaos. Cada una de estas iniciativas trajo su dosis de escándalo mediático, convertible en ingresos.
Madonna, en cuya música siempre resonaron ecos de las de otros, desarrolló además una línea de presuntos homenajes en los que parasitaba, sin sonrojarse, la fama de colegas ya difuntos: Michael Jackson, Prince, Aretha Franklin... Este proceder le valió justificados reproches, porque está muy feo subirse a la chepa del muerto, tratar de apropiarse de parte de su alma y querer convencer al mundo que le estás rindiendo homenaje. Menudo morro.
Ya sexagenaria, Madonna sigue persiguiendo nuevos impactos mediáticos. Su última proeza ha sido esa sesión fotográfica en la que posa desnuda, evocando el cadáver de Marilyn Monroe, atiborrado de barbitúricos, en la cama deshecha de su casa de Los Ángeles en 1962. Esta sesión de acentos mortuorios –con imágenes retocadas y de un glamur inexistente en la escena real del suicidio de Marilyn– ha aupado a Madonna a un nuevo estadio en su carrera de okupa de imágenes ajenas, y le ha abierto horizontes prometedores. ¿Cuál será su próxima propuesta? ¿Una recreación black face de Billie Holliday, cirrótica y heroinómana, en la cama del hospital de Nueva York en el que reventó en 1959? ¿Un tableau inspirado por la actriz Jayne Mansfield, que falleció decapitada en 1967 en un accidente automovilístico?  ¿Un homenaje trans a Elvis Presley, con sobrepeso, infartado y cadáver en su baño de Graceland en 1977? ¡Todo vale!

(Publicado en "La Vanguardia" el 12 de diciembre del 2021)