A medida que el PSOE ha ido avanzando en su política de distensión y ganando apoyos –de los sindicatos, de la patronal, de la Iglesia…–, el PP los ha ido perdiendo. Es comprensible: la sociedad prefiere a quien ofrece soluciones y progreso. Cuando además eso se hace tras tiempos revueltos y fatigosos, exhibiendo talante conciliador, mejor aún. Sobre todo, si la oposición reacciona echando las patas por alto, hinchando su enfado y desorbitando sus críticas. Cuando incluso Junts ha dado en Catalunya, aunque fuera a regañadientes, dos años de margen a la mesa de negociación antes de volver a liarla, en Madrid el PP de Casado, bajo la inspiración de Aznar, ha ido metiendo la pata. La fecha en que el jefe de la patronal dijo, en alusión a los indultos, que todo lo que contribuyera a dar estabilidad era bienvenido, y la fecha en que la Iglesia española, con el beneplácito papal, aplaudió las medidas de gracia, quedaron marcadas en rojo en el cuaderno de Casado. No se pierden aliados tradicionales de esta importancia cada día. Aznar quizás no llegue nunca a presidente de la República, pero ya hace tiempo que se otorgó asimismo el cargo de presidente y mentor vitalicio de la derecha nacional. Ydijo que anotaba las mencionadas manifestaciones empresariales y eclesiales. Quizás los anotados tomen también nota de esa conducta de Aznar lastrada por la intransigencia y la soberbia. Aznar, y con él Casado y el PP, parecen incapaces de advertir que hay problemas perentorios, como la restauración de la convivencia, que deben afrontarse con pragmatismo y anteponerse a otros. Por ejemplo, a los supuestos peligros que corre la unidad de la patria, que no son tales, porque el PSOE no quiere romperla y, si quisiera, no podría permitírselo. Con tanta falsa alarma, el PP va reduciendo su campo de acción. Se abona a la defensa de las esencias, rehúsa entrar en las transacciones políticas ineludibles en una sociedad diversa, bloquea las instituciones, recurre sistemáticamente a la justicia y prodiga las exageraciones mendaces que propician el linchamiento parlamentario del rival, amplificado luego por la prensa afín, cada día más dispuesta a retorcer la realidad para amoldarla a su –digamos– pensamiento. Cada día que pasa ofuscado, el PP se va distanciando de sus homólogos conservadores europeos. Casado quiso ganarle el partido al PSOE por goleada desde el mismo día en que accedió a la jefatura del PP –el próximo miércoles se cumplirán tres años de eso–. Pero intentó hacerlo dando bandazos: ora flirteando con la ultraderecha en Colón, ora proclamando un giro al centro que nunca se consolida, despistando pues a sus votantes e irritando al resto con su estilo pendenciero. “Es joven”, le disculpan los suyos. Pero la corta edad no justifica tantos errores, ni exime de su corrección. También el presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, que tiene 38 años, dos menos que Casado, metió la pata el 5 de marzo al no ir a Martorell para asistir al acto en el que el presidente de Volkswagen anunció inversiones multimillonarias, en presencia del rey Felipe VI y Pedro Sánchez. Aquel día se equivocó de medio a medio. Pero ha sabido rectificar. Ahora Aragonès se sienta a la mesa del Mobile con el Rey y negocia en la Moncloa. Hace bien. No por ello deja de ser independentista. Y tampoco Casado dejaría de ser el primer cruzado del PP –con permiso de Aznar– por la unidad de la patria si dialogara con los independentistas democráticos (de la misma manera que Aznar negoció en sus tiempos con los terroristas de la banda ETA). Los rivales no desaparecen por mucho que uno les insulte en cada sesión parlamentaria. Siguen ahí. Como los problemas que quedan por resolver. No afrontar esos problemas escudándose en determinados principios, posponiendo irresponsablemente su resolución, solo puede interpretarse como una muestra de incapacidad política. No todo puede depender de quién tiene más principios, y menos cuando en su supuesta defensa el primer caído es la posibilidad de solventar los asuntos que obstaculizan el progreso colectivo. ¿Hasta cuándo meterá la pata el principal partido de la oposición.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 18 de julio de 2021)