Hablemos del pueblo norteamericano

 

Hay dos fotos que resumen la última noche electoral norteamericana. En una de ellas vemos a un seguidor de Trump que hace una doble peineta, apuntando al cielo sus dedos corazón. Lleva barba y gorra roja con el lema “Make America great again”, y luce una sonrisa siniestra que refuerza su mensaje digital: que os den. En la otra vemos a Trump y su familia desfilando bajo los focos en Nueva York. Al magnate le sigue su benjamín –un calco en formato infantil–, su esposa despampanante, su yerno trepa y dispuesto a sacar tajada, sus hijas minifalderas de largas piernas a lo Barbie… El primero parece el prototipo del obrero que padece los efectos de la desindustrialización y la globalización. Los segundos, el elenco ideal para un reality show familiar, tipo Kardashian, que vive del papanatismo de la gente y anda ya sobrado de dinero y poder, pero quiere más y carece de grandes escrúpulos éticos. En buena lógica, la peineta del tipo de la gorra debería estar dedicada a Trump y su troupe. Pero son pobres como él los que le han hecho presidente. ¿Por qué?

En las últimas semanas, los grandes diarios han buscado respuestas a esta pregunta en  ciudades de Pensilvania, Ohio, Michigan o Wisconsin que fueron el corazón industrial del país, ahora devastado por la crisis. Allí, ante un fondo de fábricas cerradas, precariedad y desesperanza, han encuestado a los nuevos parias blancos, a la clase media de estatus menguante. Su desespero es muy comprensible. Como lo es su reproche: las élites y el establishment nos han abandonado, nuestro trabajo lo hacen ya en otros países, y el poco que queda aquí va a los inmigrantes. La globalización nos está asfixiando. Queremos un cambio.

Pero la pregunta que cerraba el primer párrafo sigue sin una respuesta completa. ¿Por qué votaron a Trump? ¿Cómo arreglará el desaguisado? ¿Acaso ha dado alguna señal, alguna vez, en algún lugar, de primar los intereses colectivos sobre los propios? La respuesta a la pregunta es triple: desesperación, incultura y predisposición a dejarse seducir por los brillos de la celebridad, hoy fuente de una ejemplaridad antes reservada a valores como la educación, la dignidad o el esfuerzo. Sobre la desesperación, ya se ha apuntado algo, pero añadiremos que hace falta mucha para votar a quien desprecia y discrimina a la mayoría de los colectivos sociales debido a su raza, sexo, religión u opinión. Sobre la incultura de parte del pueblo norteamericano recordaré que el 72% de los hombres blancos sin estudios superiores votaron por Trump. Y agregaré que su ignorancia de la historia les ha impedido ver en el magnate los rasgos de populistas  previos cuyo mandato dañó al mundo. Porque lo suyo quizás no sea arreglarlo, sino explotar demagógicamente y en su beneficio las carencias del pueblo.

Sobre la celebridad voy a extenderme algo más. Trump ha vivido siempre rodeado de cámaras. Ha puesto rostro a la figura del triunfador (aunque se ha arruinado varias veces y se ha ufanado de no pagar impuestos). Ha frecuentado la prensa rosa. Ha organizado los mayores concursos de misses y se ha fotografiado rodeado de ellas. Ha protagonizado el reality titulado The apprentice, para aspirantes a empresario, donde se abonó a la frase “¡Estás despedido!”. Ha firmado decenas de libros de autoayuda (en los que lo mismo enseña a ganar millones que a jugar al golf). Y se ha revelado como un agresivo tuitero. Encarna la imagen del dominio económico, sexual y sobre todo mediático que, al parecer, tanto aprecian sus compatriotas.

Así es el pueblo americano que ha dado la presidencia  a Trump. Acabada la Segunda Guerra Mundial, fue elegido presidente un militar, el general Dwight D. Eisenhower. Pasada la resaca bélica, en tiempos esperanzados, el elegido fue el John F. Kennedy de la new frontier. Aquellos fueron años de luchas por la igualdad de derechos, tardíamente reflejados con la elección de  Barack Obama, el primer presidente negro de EE.UU. La América que ha escogido ahora a Trump es la que aparenta estar subyugada por las celebrities, ya procedan del mundo de las finanzas, el corazón, los reality shows o las redes sociales. Y Trump maneja todas esas palancas, que le han dado popularidad suficiente para llegar a presidente, sin ahorrarse insultos ni mentiras.

En el preámbulo de la Constitución de EE.UU. leemos que el pueblo americano busca formar la Unión más perfecta, establecer la justicia, garantizar la tranquilidad nacional, tender a la defensa común, fomentar el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad. Ese mismo pueblo está ahora dividido, sufre injusticia social, está inquieto o temeroso, cree que puede defenderse aislándose y que puede recuperar un bienestar general vapuleado por cada nuevo ERE mientras su libertad decrece según Trump ficha a ultraconservadores.

La perspectiva es infeliz. Los valores en los que ha apoyado su progreso Trump son los del ególatra fanfarrón, no los de los padres fundadores. Pero le han votado 61 millones de personas que quieren creer, irreflexivamente, que en el futuro les devolverá a un ayer idealizado. O que eludirá la ineludible globalización virando 180º, cuando bastaría corregir su rumbo para reducir la desigualdad que causa. Esa desigualdad que obnubila al tipo de la gorra y, paradójicamente, propicia su pleitesía a Trump.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 27 de noviembre de 2016)

 

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