Ya sabíamos, gracias a sus expansiones en campaña, cómo insultaba, amenazaba o mentía. Pero no sabíamos, al menos no con detalle, cómo vivía. Ahora ya lo sabemos: rodeado de oro. La victoria de Trump en las presidenciales norteamericanas de noviembre ha propiciado la reimpresión de reportajes sobre su refulgente cuartel general en la torre Trump de la Quinta Avenida de Nueva York. Y, en particular, del tríplex que la corona, donde el magnate tiene su domicilio familiar. Si es verdad que las casas hablan de sus dueños, el mensaje que nos envía esta es tanto o más ofensivo que los del propio Trump cuando le ponen un micrófono delante.

El tríplex en cuestión es una oda al oro (y, por extensión, a lo dorado). A ese metal precioso que algunos gitanos denominan colorao, y que suelen exhibir en cadenas, pulseras, sortijas y demás abalorios, como evidencia, no siempre fiable, de su supuesta riqueza. En las fotos de tales reportajes he visto butacas doradas, carpintería metálica dorada y revestimientos de ónice con reflejos dorados. También mesas doradas, camas doradas, candelabros dorados, molduras de techo doradas,  columnas con capiteles dorados, etcétera. He visto incluso al propietario de todo eso, con su tupé dorado, su última esposa y el hijo de ambos en un cochecito dorado. He creído, en suma, asomarme a una pesadilla dorada. Pero era la realidad. Lo confirman esas fotos recientes de Trump en su torre con el político xenófobo Nigel Farage, ante un fondo de un dorado deslumbrante. O ese obsceno desfile de aspirantes a altos cargos, entrevistos tras las puertas doradas del ascensor de la torre, cuando iban a ver qué pillaban.

¿Tiene sentido hablar de la estética de Trump cuando debería preocuparnos, ante todo, su ética? Puede tenerlo. Wittgenstein decía que ética y estética son la misma cosa. Y, aunque no lo fueran, una podría darnos pistas sobre la otra. Por ejemplo: ¿cómo interpretar que el interiorismo de la casa de Trump se parezca más al de un dictador del Tercer Mundo –el difunto Sadam Husein de Irak, el vivo Nazarbáyev de Kazajistán, los riquísimos Saud de Arabia– que al de un mandatario occidental con un gusto más elaborado y, por tanto, más sobrio? Para esos y otros dictadores el hogar no es un espacio de confort familiar, sino un escaparate para impresionar y cohibir, para impostar una superioridad acaso económica, pero no de otro tipo. Dijo Platón en su diálogo Leyes: “Todo el oro de la tierra y todo el que está bajo ella no compensan la falta de virtud”. Y, hablando de virtudes, si bien Trump ha acreditado fortaleza, no destaca como prudente, templado o justo.

Es verdad que muchas culturas han identificado el oro con la luz, la imagen del sol en la tierra, lo superior. Pero presumo que a Trump no le gusta por esos componentes simbólicos sino porque significa, lisa y llanamente, riqueza. Y porque riqueza significa éxito. Y porque éxito significa, en nuestra sociedad, admiración. Y porque la admiración, en especial la acrítica, es materia prima para el vasallaje. Leí en la red el comentario de un seguidor de Trump dirigido a quienes le critican por su exhibicionismo rayano en la pornografía. Decía así: “Lo que os pasa a todos vosotros es que le envidiáis porque tiene todo el oro y todas las mujeres que quiere”.

Pero lo que Trump posee en mayor abundancia es mal gusto. Esto es algo obvio, en particular si lo comparamos con Obama. Durante ocho años de presidencia Obama no ha aparecido en público un solo día con la corbata mal anudada y, a diferencia de Trump, no ha dicho una palabra más alta que otra. La estética y la ética, ya se ha dicho, van a menudo de la mano. Su ausencia, también. El desfile de la familia Trump en su hora triunfal, con sus cirugías estéticas, minifaldas y sonrisas de photocall, fue más propio de un reality televisivo que de una noche electoral. Cuando estaba casado con Ivanka, su primera esposa, Trump fue calificado por sus maneras y su ropero como el jefe de la familia más hortera de Nueva York. Los alardes de riqueza y narcisismo que aún prodiga Trump abonan la teoría. Su correligionario Marco Rubio le llamó “la persona más vulgar del mundo”. El mal gusto y el buen gusto no son cuestiones baladí. Son, cuando menos, elocuentes. El buen gusto, a menudo hecho de discreción y contención, suele adornar a personas dueñas de sus impulsos. El mal gusto, cuando no es fruto de un accidente vital, puede acabar convirtiéndose en un arma ofensiva y en un papamoscas cegador para quienes no quieren o no saben apreciar más sutileza que la del dinero.

El mal gusto no es siempre inocente. Y la vulgaridad de Trump no es nunca irrelevante. No lo es porque sugiere a los ciudadanos menos instruidos que, si la practica el presidente, está permitida a todos. Y no lo es porque no contribuirá a edificar en EE.UU., ni en el mundo, una sociedad más amable o mejor.

 

(Publicadoa en "La Vanguardia" el 11 de diciembre de 2016)

 

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