Cada 14 de febrero, festividad de San Valentín, se celebra el día de los Enamorados. A algunos nos cuesta imaginar una conmemoración más cursi y empalagosa que esta. Pero, con el conmovedor apoyo de los grandes al­macenes y del comercio en general, la fiesta sigue adelante.
En vísperas del último San Valentín, Arran, la organización juvenil de la CUP, lanzó una campaña contra el pegamento que une a los enamorados: el llamado amor romántico. O sea, contra el sentimiento experimentado por una persona hacia otra, que se manifiesta en desear su compañía y en posteriores expansiones afectivas. Los jóvenes antisistema tienen otro concepto de la cosa. “El amor romántico es violencia machista y mata”, afirman. Para ellos, el amor romántico sería el cebo que se ensarta en el anzuelo, una trampa, la antesala de un rosario de vejaciones a las mujeres, supuestamente dispuestas a entregarse al amor cual auténticas pánfilas. Urgiría prevenirles y quizás aconsejarles que, si sienten mariposas en el estómago, corran al hospital para que les practiquen un  lavado y fumigado del órgano digestivo.
Alguno de los carteles de esta campaña supuestamente liberadora de Arran venía ilustrado con una imagen de Cupido dentro de una señal de tráfico de esas que indican prohibición: un círculo rojo cruzado por una diagonal del mismo color, esta vez sobre el niño regordete y desnudo equipado con carcaj y flechas que identificamos con la representación plástica del amor. 
Las cifras de la violencia de género son las que son y no admiten mucha broma. Pero hay un abismo entre eso y pretender que los enamoramientos, incluidos los más inocentes, alados y arrebatadores, son de modo invariable una herramienta de sumisión al servicio del patriarcado capitalista –Arran dixit–, que conduce inexorablemente al maltrato. Esta sentencia evoca la que sostiene que la marihuana lleva, sí o sí, a la heroína. A veces sí y a veces no, oiga.
El amor puede ser bastante más que eso: una de las experiencias más placenteras de la vida. Algo así debía de pensar el poeta Philip Larkin cuando escribió que “el amor es lo que nos sobrevivirá”. Y, acaso por ello, su ausencia o su fracaso pueden acarrear efectos nefastos. Leemos en el Libro de Baruc, del Antiguo Testamento: “El deseo amoroso y su satisfacción, tal es la clave del origen del mundo. Las desilusiones del amor y la venganza que las sigue, tal es el secreto de todo mal y del egoísmo que existe”.
Dicho esto, añadiremos que la campaña contra el amor romántico y sus mitos más apolillados no es una exclusiva de los aguafiestas de Arran. El Ayuntamiento de Barcelona patrocina talleres en esta línea, impartidos, cómo no, “desde una perspectiva de género e intercultural”. Y el Departament d’Igualtat i Feminismes de la Generalitat está también por la labor: su titular considera que “uno de los elementos que forman parte del machismo es la idea del amor romántico”, si bien matiza que “una cosa es una cena romántica y otra aguantar menosprecios”. Tiene, en esto último, toda la razón. Y por ello carece de sentido inducir a confundir la parte con el todo, como si para corregir la parte hubiera que echar a la hoguera el todo. “El amor romántico mata” es un lema contundente, campanudo. Pero presenta un inconveniente: no siempre es cierto. El amor es también la base de la satisfacción emocional, afectiva y sexual.
Como tantas cosas en la vida, el amor puede acabar bien o mal. Pero, psicópatas aparte, pocos escapan a su influjo. Love is in the air, cantó el almibarado John Paul Young a finales de los años setenta. Y cuando te echa el ojo, o la flecha, hay que estar hecho de una pasta muy rara para resistirse a su designio. El pensador británico Alfred J. Ayer admitía que ni siquiera un positivista lógico como él, partidario de la comprobación científica de los fenómenos que experimentaba, estaba incapacitado para el amor.
Por tanto, antes de dar más la vara, la militancia de Arran debe ser consciente de que al pretender erradicar el amor romántico podría estar persiguiendo otra quimera. Quizás no tan escurridiza como la de unos Països Catalans fraternalmente unidos, orgullosamente independientes, radicalmente rojos y con una perspectiva de género que te caes. Pero quimera, al fin y al cabo.

(Publicado en "La Vanguardia" el 27 de febrero de 2022)