Flamante y cerrado

28.10.2012 | Crítica de arquitectura
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Centre Cultural del Carme
Arquitectos: Torres/Lapeña
Lugar: Layret/Assís. Badalona


El Centre Cultural del Carme, en Badalona, ha dado que hablar antes de su inauguración. Pero no por sus formas, como sería de esperar, sino porque una vez acabado no hay dinero para abrirlo. Sus gastos generales rebasan los 300.000 euros al año y el Ayuntamiento asegura no tenerlos. Es la crisis. Y es, también, una opción política. Esta rotunda obra de Elías Torres y José Antonio Martínez Lapeña descompone su volumen en varios cuerpos, evocando un montón de cajas.
No apiladas como las del New Museum de Sanaa en Nueva York, sino como alborotadas, pese a una piel de lamas blancas habrá que lavarlas a menudo que envuelve el muro cortina de cristal y unifica el conjunto. ¿A qué debemos atribuir una forma tan singular? Caben varias respuestas a esta pregunta, todas razonables. Una, la vocación representativa del que se concibió como un centro cultural de referencia. Dos, el guirigay arquitectónico que lo rodea: el cruce de las calles Layret con Assís admite una afirmación plástica de este poderío sin riesgo grave para el entorno. Tres, la conveniencia de fragmentar el volumen masivo de un edificio convencional y de armonizar alturas con las líneas de cornisa vecinas. Y, cuatro, el deseo de evitar nuevas medianeras en esta parte de la ciudad, ya colmada de ellas. La diversa geometría de los tres bloques que configuran los pisos superiores da sorpresas al visitante y genera soleadas terrazas. Los interiores reciben luz natural tamizada por las lamas, o procedente del patios y claraboyas. El solar es de hechuras alargadas y, por consiguiente, también son alargadas las plantas, todas polivalentes y de unos 400 metros cuadrados. Esta particularidad no se corresponde con un exterior de gran empaque, pero se disculpa, en buena parte, por la generosidad con que el edificio se implanta: cediendo espacio público a la calle Assís, y retirando su entrada. Los arquitectos pasan horas malas. Los edificios soñados suelen escapárseles en fase de concurso, o a veces son desfigurados, recorte a recorte, durante la construcción. Ahora incluso se echan a perder en su hora feliz, flamantes. Lo dicho: la crisis. Y la opción política.