¡Felicidades, Johnny!

31.01.2016 | Opinión

La mayoría de estas bandas mejoraría enormemente con la muerte súbita. La peor es Sex Pistols: son nauseabundos”. Esto es lo que opinaba sobre los grupos punk Bernard Brook Partridge, concejal de Londres en los setenta. Ahora esta ciudad ha iniciado la celebración de los 40 años del punk, la corriente que devolvió el rock a su raíz más salvaje y lo usó para escupir contra el establishment. No se trata de un festejo marginal, sino oficial. Participan en él con muestras, recitales, filmes y demás desde la Biblioteca Británica hasta el Museo del Diseño. El programa lo pagan la Lotería Nacional y la Alcaldía de Londres, encabezada por Boris Johnson, exalumno de la elitista Eton y encarnación de todo lo que odiaba el punk.

Los punks siempre rehuyeron la idea de cultura como suma de conocimientos acumulados durante siglos. Por ello bautizaron como “año cero” 1976, el de su eclosión. Todo lo anterior les resultaba despreciable. Pink Floyd les hacía vomitar, la Reina era para ellos inhumana, los hippies eran unos cretinos, y no había más camino que el del nihilismo y la anarquía. Así lo proclamaban en canciones cortas y demoledoras, en tremendos directos en los que destruían instrumentos, insultaban al público y le invitaban al caos y la bronca. Total, no había futuro.

Cuando Shakespeare la incluía en sus obras, la palabra punk significaba prostituta. Luego su acepción derivó hacia rufián, maleante, delincuente. Los punks la adoptaron de mil amores. No sólo la sociedad les parecía odiosa. También su ámbito rockero les olía a podrido. Había que subvertirlo todo; y gritar, más que cantar; y golpear las guitarras, más que tocarlas; y lucir crestas, cadenas, candados, pantalones rotos y camisetas con lemas que casi hacen palidecer los de la CUP.

Los punk fueron, en origen, una reacción natural en tiempos de malestar social. Y, enseguida, una expresión de rechazo guiada por avispados mánagers como Malcom McLaren y por el maximalismo adolescente de alguno de sus héroes. McLaren no dudó en sustituir al bajista Glenn Matlock, autor de las músicas de los Pistols, por Sid Vicious, príncipe del exceso, muerto de sobredosis a los 21 años, en 1979. Johnny Rotten, líder de la banda, que urdió la expulsión de Matlock por –¡anatema!– ser fan de los Beatles, dijo adiós a Vicious así: “pobre Sid, sólo muriendo pudo estar al nivel de lo que quería que la gente pensara de él”.

Rotten prefirió, al fin, sobrevivir a tanto nihilismo, para llegar a los 60 años –los cumple precisamente hoy– reciclado en celebridad de reality televisivo y anunciante de mantequilla. Y, también, para asistir a este aniversario de un punk que vino para dinamitarlo todo y que hoy es festejado por el odioso establishment que quiso derribar como un ejemplo de “democracia creativa” y como una “llamada a la acción directa”. Pero, sobre todo, como embrión de tendencias y modas.

Tomen nota los rebeldes de hoy: ciertas revoluciones acaban reducidas a sietes en el pantalón e insultos en la camiseta.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 31 de enero de 2016)