Semanas atrás aparecieron en Barcelona pintadas poco amables con los turistas. Por ejemplo, “All tourists are bastards”. O sea, “Todos los turistas son unos hijos de puta”. Esta afirmación, además de malsonante, es falsa. Es también injusta para la mayoría de nuestros visitantes. Y es asimismo ofensiva para todos aquellos que  alguna vez nos hemos alejado de casa con el propósito de conocer un remoto país extranjero o, simplemente, la comarca vecina. Ni la curiosidad ni el viaje nos hacen despreciables. Más bien ocurre lo contrario. ¿O no?

La mayoría coincidiría en este punto. Salvo los militantes y activistas de la turismofobia, que al igual que los de otras causas están convencidos de poseer la verdad absoluta y, por tanto, son capaces de divulgar las ideas más peregrinas. Y que, pese a creer lo contrario, son la prueba tangible de que la verdad absoluta conduce a menudo a la mentira.

Eso no quita que la turismofobia, en algunos aspectos, sea comprensible. El turismo ha crecido mucho y muy deprisa. España recibió el año pasado 75 millones de visitantes, con una subida del 30% en el último lustro. Este año se esperan 84 millones. Lo cual se nota más en Catalunya, que acoge a uno de cada cuatro turistas que visitan el país. Y con la mayor intensidad en Barcelona, a la que los Juegos del 92 legaron un flujo de turistas siempre al alza: pocas urbes europeas –París, Londres…– la superan ya en número de visitantes. Lo cual constituye un incordio. Pero, para bien o para mal, necesitamos a los turistas, que aportan el 11% del PIB y el 13% del empleo españoles. En una ciudad como Barcelona el turismo ha sido crucial para vadear la crisis.

Los turismofóbicos locales, si son coherentes, no deben viajar nunca a ningún sitio. Con lo que, de paso, deben evitarse las lacras del viaje, descrito por Mark Twain como “un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”. Por todo ello, quizás ignoren que el exceso de turismo no es un problema local barcelonés. Que es consustancial a toda gran ciudad europea o norteamericana. Pero esto no les impide presentarlo como una enfermedad local, que conviene erradicar y liquidar. Como si lo pertinente, ante un problema, fuera liquidarlo, en lugar de contenerlo o resolverlo.

Pese a que la gran mayoría de turistas hagan pocas pernoctaciones en las ciudades que abarrotan, el turismo es un fenómeno que ha venido para quedarse. De manera que no se trata de echarlo a empellones, sino de evitar que expulse de sus casas a los indígenas que ya no pueden pagar los alquileres encarecidos por la avalancha de foráneos. Este es un problema evidente, sobre el que la administración debe intervenir. Pero no intentando paralizar la actividad –eso se le ocurre a cualquiera–, sino hallando fórmulas sutiles para recuperar los equilibrios. La lógica nos dice que quienes más deberían contribuir a conservar los equilibrios de la ciudad y a evitar expulsiones de sus naturales son quienes mayores beneficios obtienen del turismo. Por ejemplo, el propio Ayuntamiento, cuyo equipo de gobierno prioriza la política restrictiva, lo que ya le ha valido mociones de la oposición y protestas gremiales. Y, sobre ­todo, los operadores que se benefician de él.  En particular, quienes lo hacen fuera de la ley o siguiendo prácticas abusivas. A esos hay que ponerlos en vereda. Sin olvidar a los turistas, que si bien dejan dinero en la ciudad, también consumen sus servicios y recursos públicos, por los que bien se les podría tasar un poco más.

No todos los turistas son bastards. Tampoco lo son todos los operadores del sector. Entre los primeros, como entre los barceloneses, habrá zafios y folloneros, que piden a gritos la intervención de la guardia urbana. Entre los segundos habrá algunos que defiendan un modus operandi inaceptable. A estos últimos les cabría una pintada del tipo “Algunos operadores tienen más cara que espalda”. Pero de ahí a llamarles lo que ya les llaman, y no siempre justamente, quienes sienten tanta fobia ante el turista…

La conducta fóbica es anterior a la masi­ficación del turismo y, por tanto, a la turismofobia. La lista de fobias –de temores o aversiones íntimas proyectadas hacia un ente ­exterior– es interminable. Algunas están extendidas, como la aracnofobia, o miedo a las arañas. Otras son comprensibles, como la tanatofobia, o temor a la muerte. Algunas son inadmisibles, como la homofobia o aversión a los homosexuales. Pero luego hay fobias raras, más caprichosas que sociales, como la metrofobia, o miedo a la poesía; o la filofobia, o miedo al compromiso amoroso. Y así sucesivamente. Hasta llegar a la turismofobia, que tiene fundamento en al­gunos casos, pero que no debe aplicarse indistintamente a todos los foráneos. Ellos son sólo individuos, a veces un poco gregarios, eso sí, que viajan a nuestros lares llevados por la curiosidad. En la medida de lo posible, habrá que ordenar sus flujos y actividades. Pero con llamarles bastards no avanzaremos mucho. Sólo lograremos quedar como unos cocheros y bordear la xenofobia, o desprecio del extranjero, que es conducta fóbica y escasamente civilizada.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 9 de julio de 2017)