Sandro Pertini fue elegido presidente de Italia en 1978 con una mayoría récord de votos, y dejó el cargo en 1985, tras contribuir decisivamente a revestirlo de autoridad moral. Le sucedió Francesco Cossiga, que tuvo que abandonarlo antes de hora por su vinculación con asuntos ilegales. Pero luego fueron presidentes Oscar Luigi Scalfaro –un azote de la corrupción, que viajó a Etiopía para pedir excusas por la aventura colonial italiana (1936-1941)–, Carlo Azeglio Ciampi, Giorgio Napolitano –que fue reelegido y solo dejó el puesto a los 89 años– y Sergio Mattarella, actual titular del cargo.
Salvo Cossiga, todos los mencionados han atendido sin tacha sus responsabilidades, que son las de velar por la unidad del país y por la constitución, y en el día a día ejercer un arbitraje neutral entre fuerzas y poderes políticos. Todos estos presidentes han contribuido a prestigiar la República Italiana. Y lo han hecho, además, en tiempos difíciles, marcados por el ascenso de los populismos y el descrédito de la política, asociando la presidencia a cierta idea de excelencia.
Pues bien, ahora que el cargo goza de buen nombre, asoma Silvio Berlusconi y dice que sueña con ser presidente italiano. Tras ocupar la silla del primer ministro tres veces, tras verse enredado en todo tipo de causas judiciales, tras ganar fama por su afición al bunga bunga, ahora, con 85 años, quiere ser presidente. Quizás piense que esa poltrona, ocupada previamente por personas dignas, va a tener sobre su piel estirada efectos blanqueadores. Pero quizás no se dé cuenta de que tiene pocas opciones. Y que en caso de alcanzar su objetivo lo que conseguiría sería emborronar una institución que disfruta de una reputación laboriosamente construida, y que ahora casi es garantía de estabilidad y respetabilidad.
Respecto a la estabilidad, podríamos comparar el número de presidentes italianos desde 1948 –doce– con el de relevos en la presidencia del Gobierno –44–. Respecto a la respetabilidad, recordaremos que hay declara-ciones grabadas de Berlusconi en las que se vanagloria de su dedicación a la vida recreativa y disoluta –“soy primer ministro en mi tiempo libre”–; o en las que finalmente advertía la catadura de algunas de sus compañías: “Italia es un país de mierda”.
Este es el Berlusconi que ahora suspira por ser presidente de la República Italiana. Aún a riesgo de faltar a la doctrina Estrada, que predica la no injerencia en asuntos de otros países, me siento impulsado a invitar a los amigos italianos a gritar conmigo: “Silvio, quítatelo de la cabeza. Ese cargo no es para ti, es para personas decentes”. Y, también: “Silvio, no te mereces el puesto y, sobre todo, nosotros no nos merecemos verte en él. ¡Ya has hecho demasiado el ganso!”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 14 de noviembre de 2021)