Empezó la semana de Navidad con el asesinato del embajador ruso en Turquía. Lo pudimos ver como si estuviéramos allí, porque se produjo en un acto público con cobertura mediática en directo. Fuimos testigos de cómo le disparaban por la espalda y se llevaba las manos al abdomen, antes de desplomarse con una mueca de dolor en el rostro. Estábamos todavía conmocionados por este crimen cuando llegaron noticias de que un radical islámico había lanzado un camión contra un mercadillo navideño en Berlín, donde causó una docena de muertos y medio centenar de heridos. Como telón de fondo de todo ello, los habitantes de la martirizada Alepo trataban de escapar en autobuses que otros se aprestaban a incendiar, para impedirles salir de su ratonera. Por no hablar de otros mil escenarios de la violencia fratricida.

 

En estas fechas suele hablarse del espíritu navideño. De esa hemorragia de buenos sentimientos que debería alcanzar a todos los hombres de buena voluntad. Pero, cada vez más, eso suena como hablar por hablar. No es preciso asomarse al mundo ni a sus episodios más cruentos para comprobarlo. Basta con fijarse en la escena política española. Casi todos los partidos que nos prometen un mañana más liberal o más justo o más solidario tienen a sus cúpulas enzarzadas en peleas cainitas. Iglesias le dice a Errejón que se lo va a cepillar si no renuncia a darle la batalla en el congreso de Podemos. A Rivera le ha salido ya, con Carolina Punset, contestación en Ciudadanos. Sánchez y Díaz protagonizaron una batalla campal que dejó al PSOE tiritando y aún no ha acabado. A Iceta lo desafió Parlón en el PSC. Y la joven guardia comarcal le birló el congreso refundacional a la vieja guardia urbana del ahora llamado PDECat. Dicen que la actual aritmética parlamentaria obliga al pacto entre formaciones de ideologías divergentes. Pero los hombres de Estado in péctore, que desde sus partidos deberían tender puentes, no lo hacen porque están muy ocupados atizándose con los suyos.

 

Diríase que el espíritu navideño cotiza a la baja. Que está en retirada aquel festival, o aquel anhelo, de concordia, bonhomía y servicio al prójimo propio de estas fechas, cantado por tantos autores, de Charles Dickens a Thomas Mann, de Maxim Gorki a Hermann Hesse. Que en su lugar se ha hecho fuerte el espíritu antinavideño, gracias al cual los intereses particulares siguen prevaleciendo sobre los colectivos. Y gracias al cual quienes huyen de la guerra naufragan en el Mare Nostrum o, los más afortunados, acaban siendo objeto de una recepción desabrida al arribar a Europa. Y, sin embargo, las cosas podrían ser de otro modo. Incluso Ebenezer Scrooge, el avaro protagonista del célebre cuento navideño de Dickens, un desalmado que abominaba de los pobres y festejaba la existencia de asilos, prisiones y cementerios porque le libraba de ellos, pudo regenerarse y trocar el egoísmo por generosidad. En efecto, Scrooge pudo librarse del frío interior que congelaba su corazón.

 

No diré que esa metamorfosis esté al alcance de todos. No veo a los fanáticos del Estado Islámico por la labor. No parece que Putin esté inclinado a aceptar otros cambios más allá de los que le proporciona la cirugía estética. Y no espero que Trump –que en un reciente vídeo de Nice Peter y Epic Lloyd rivaliza a ritmo de rap con el mismísimo Scrooge, para dilucidar quién es más zafio– vaya a comportarse pronto como Teresa de Calcuta. Ahora bien, ¿sería mucho pedir que nuestros políticos, todos ellos criados en la tradición cristiana, se olvidaran del espíritu antinavideño, al menos durante estos días, y de paso abrazaran un espíritu algo más navideño el resto del año? Podría entender, hasta cierto punto, que se resistieran a hacerlo por mera pose. Porque la Navidad produce también empacho contra el que uno tiende a revolverse. Recuerdo que, años atrás, el 25 de diciembre por la noche, se celebraba en Barcelona la fiesta Odio la Navidad, en la que, bajo este lema crítico con los festejos tradicionales, se hacía algo parecido a lo que en ellos: charlar, comer, beber, cultivar el amor fraterno y, a ser posible, llegar al conocimiento bíblico. Pero no podría entender que se resistieran a hacerlo llevados por su incapacidad o por contumacia en el error. Es más, si fuera así, deberían ceder el paso de inmediato a otros con más capacidad para el diálogo o el acuerdo y menos egolatría.

 

¿Es difícil conseguirlo? Sí. Pero no imposible. Si lo consiguió Scrooge, está al alcance de todos. ¿Y cómo lo consiguió? Pues soñándose muerto y sepultado bajo la tierra y bajo el oprobio por sus fechorías. O sea, el mismo destino que aguarda a quienes proclaman que vinieron a mejorar nuestras vidas y, sin embargo, parecen a menudo empeñados en lograr lo contrario.

El espíritu navideño cotiza a la baja, a pesar de que incluso el Scrooge de Dickens supo librarse de su frío interior.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 25 de diciembre de 2016)