Escobas fuera

06.01.2013 | Opinión

Las líneas esenciales del pabellón Mies van der Rohe de Barcelona están estos días emborronadas por los objetos habitualmente ocultos en su almacén subterráneo. Hablo de las escobas, mochos, cubos de fregar, mangueras, escaleras y demás trastos que han emergido a la superficie y se recortan contra los cerramientos del edificio; de los cristales rotos o de los restos de piezas de mármol que, ordenados sobre palés, lucen ahora en los estanques de esta obra referencial de la arquitectura del siglo XX. El despliegue no obedece a un zafarrancho de limpieza ni a una reforma, sino a una instalación del arquitecto madrileño Andrés Jaque. Su objetivo es dar visibilidad a estos elementos usados

para hermosear el edificio, pero condenados -los pobres- a la fría oscuridad del sótano.

Jaque se ha distinguido más por su labor como agitador social que como proyectista y constructor. De hecho su estudio se llama Andrés Jaque and the Office for Political Innovation, y produce instalaciones cuyo objetivo es subrayar desequilibrios sociales relacionados con el ámbito arquitectónico. Hasta aquí, nada que objetar: el mundo está muy torcido y ya casi todas las protestas tienen sentido. Pero he dicho casi porque no basta con que una protesta sea justa. Además, debe ser eficaz. El pabellón Mies, como cualquier otro equipamiento público o privado, se limpia con alguna frecuencia y, aunque cueste imaginarlo, eso se hace con escobas y aspiradoras. ¿Carga el utillaje de limpieza con la dura responsabilidad de tener el pabellón como los chorros del oro? Sí. ¿No se le suele poner una peana por ello? No. ¿Podía ser de otro modo? No. ¿Nos está descubriendo Jaque que para limpiar una casa hay que echar mano de esas herramientas? Si fuera así no cabría hablar de revelación. Al menos para cualquiera que no adore la suciedad. ¿Qué hace Jaque en casa con su cuarto de escobas? ¿Despliega a menudo su contenido en el living, para no olvidarse de su sacrificada existencia o de la de quienes las empuñan?

El arte que vehicula mensajes políticos es a priori tan digno como el que más. No es pan comido, según nos indicaron la figuración nazi o el realismo socialista. Gracias a Catherine David y a otros capitostes del ramo sabemos hoy que las “prácticas estéticas contemporáneas” -y yo me atrevo a incluir lo de Jaque en ese apartado- pelean como heroica avanzadilla contra el arte contemporáneo secuestrado por la burguesía o las instituciones. Pero digo yo que no todos los contraataques son afortunados. Y el de Jaque en la Mies quizás no lo sea. En primer lugar, porque proclama una obviedad. Y, en segundo, porque priva al visitante que viene a conocer el pabellón de una experiencia arquitectónica singular. A veces olvidamos que si nuestra aportación no va a mejorar lo preexistente, es mejor abstenerse. Pero si, además de no mejorarlo, lo desdibuja, entonces la abstención ya es más que aconsejable.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 6 de enero de 2013)