Escalada lúbrica

03.11.2013 | Opinión

A las cantantes Miley Cyrus y Rihanna se les ha ido la mano

en sus últimos vídeos, que son de explícito contenido sexual. Más que canciones, parece que anuncien clubs de alterne. La razón es simple: el sexo vende. Ellas lo saben, y la industria que las explota, también. Esta deriva es comprensible desde el punto de vista del marketing. Pero puede ser éticamente cuestionable cuando bombardea a un público entre infantil y adolescente. Y es ridícula en términos conceptuales: ¿tendría algún sentido que actrices porno cantaran en sus vídeos promocionales mientras practican, dale que te pego, su oficio? No. No tendría ninguno. Además, no hace falta ni que lo intenten, porque el resultado que obtendrían ya lo han logrado en sus vídeos Miley y Rihanna, circulando en sentido contrario.

Ante esta escalada lúbrico-musical, algunas veteranas del pop han expresado su preocupación. Semanas atrás, la irlandesa Sinéad O’Connor afeó la conducta a Miley, y le rogó que dejara de prostituirse, ya fuera motu propio o forzada por su discográfica. Miley, que hace poco encandilaba a audiencias púberes como estrella de Walt Disney, contraatacó vía Twitter y, tras señalar que admiraba mucho a O’Connor, dio a entender que estaba mal de la cabeza. Annie Lennox, la sugerente voz de Eurythmics, fue algo más comedida. Sin mencionar nombres propios ni objetar la libertad de expresión, constató que semejantes actuaciones videográficas abonan la misoginia, perpetúan la sumisión de la mujer, son inadecuadas para el consumo juvenil y, en definitiva, merecen un etiquetaje de “sólo para mayores”.

Aunque tenga poco futuro, porque en la era de internet todo vídeo está al alcance de cualquiera 24 horas al día, la denuncia de O’Connor y Lennox parece pertinente. Esa progresiva colonización de terrenos ajenos que hace la pornografía tiene efectos indeseables tanto sobre la música como sobre la educación sexual de las nuevas generaciones. Por lo general, la pornografía, tal y cómo la aplican Miley o Rihanna, es a la música lo que el limón a la merluza averiada: un aditivo con el que ocultar la falta de sabor o el exceso de olor. Y, en lo tocante a la educación sexual, está claro que la pornografía sienta ya cátedra global, resultando pues innecesario que los vídeos musicales nos den clases de refuerzo.

Naturalmente, lo que persigue la industria discográfica, o lo que queda de ella, no es pervertirnos. Lo que quiere es hacer ruido, dar qué hablar a los fans y, así, arañarles unos euros. Pero, ya que estamos en ello, recordaremos que el ruido es casi lo opuesto a la música, y que las buenas canciones se defienden solas, sin necesidad de mostrar en un vídeo toda la carne –lengua incluida– de la vocalista. Por ejemplo, las de Lorde, una neozelandesa que también está en internet, y sin embargo compone bien, canta mejor y encima nos invita a mirar más allá de lujos y escándalos prefabricados.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 3 de noviembre de 2013)